El fotógrafo

El fotógrafo
 
– A ver nene, apunta: un 13 de luz. ¿Lo ves?
Es mi abuelo, que me muestra el extraño artilugio en el que una pequeña aguja coincide con una marca roja junto al número 13. Antes me había dicho que esa cajita metálica era un fotómetro.
Desde que se jubiló, mi abuelo se ha dedicado a desempolvar sus aficiones de juventud. Principalmente la fotografía. Pero a la antigua, con cuarto oscuro y todo. Y yo, como aprobé todo en junio y no tengo actividad de verano, pues mi padre me ha puesto a “aprender” fotografía con el abuelo. Así mata dos pájaros de un tiro: nos mantiene atareados a su padre y a su hijo.
-¿Ves esta escala? Aquí marca los diafragmas y las velocidades que tenemos que poner para esa luz. ¿Ves?
-¡Aah!
-Primero la velocidad. Ponemos un 60 para que no salga movida, y aquí vemos que le corresponde un f-11. 
-¡Aah!
-Lo ponemos aquí en la cámara. Como vamos a fotografiar un paisaje enfocamos al infinito.
Mi abuelo manipula una cámara de fotos que parece de la edad media. Tiene una funda de cuero marrón y muchas ruedas metálicas, pesa mucho.
-No, mejor a la hiperfocal. Mira, como pongo un f-11, si ajustamos el infinito en este 11, tendremos enfocado desde aquí hasta aquí.
-¿Ocho?
-No, eso son pies. Este otro, 2 metros… dos y medio. Con f-11 tenemos enfocado de dos metros y medio a infinito. ¿Te acuerdas de la profundidad de campo?. Lo que te conté antes, en casa.
-Sí. – Miento a medias, porque me acuerdo pero no acabo de entenderlo.
Hacemos varias fotos por el parque, la fuente, los setos, los árboles.
-¿Ves?, con el truco de la hiperfocal no hace falta andar enfocando. Además esta cámara no tiene telémetro y habría que calcular las distancias a ojo.
-¡Aah!
-Luego en casa te enseño una cámara con telémetro. Al encuadrar, acuérdate de la regla de los tercios… vamos, que no quede el objeto en el centro. Ni vertical ni horizontalmente. Que quede a un lado. Prueba con la estatua del angelote ese. Mira por el visor y cuando esté, disparas. Acuérdate de pasar la película. ¡No es la primera vez que se pierde una buena foto por no haber pasado la película!. A que es más divertido con estas cámaras antiguas. ¡Nada de automatismos!. Ni siquiera podemos ver cómo ha salido la foto, como en las digitales. No lo sabremos hasta haber revelado el carrete. Venga, ¡que todavía nos quedan cinco fotos!.
 
Mi abuelo está entusiasmado, por estar conmigo y porque la fotografía le encanta. Hacía tiempo que no salíamos juntos, desde las procesiones de Semana Santa.
Terminamos el carrete y volvemos a casa de mis abuelos, donde nos espera la abuela con la merienda. Por el camino, mi abuelo me mete un rollo de “isocromática” y “pancromática”. No le hago mucho caso pero creo que habla de la película en blanco y negro que hay en la cámara.
Tiene que ser en blanco y negro porque así la podemos revelar en el cuarto de baño pequeño. Allí es donde mi abuelo ha instalado los cachivaches del revelado.
Mi abuela me ha preparado un bocadillo de jamón de york y queso. Mientras me lo como, mi abuelo acaba de preparar el cuarto oscuro y mi abuela me somete al interrogatorio: ¿qué habéis hecho? ¿dónde habéis estado? ¿había mucha gente? ¿te montaste en los columpios?
Yo contesto con “sí”, “no”, con la boca llena, deseando acabar para seguir con las explicaciones fotográficas.
Vuelve mi abuelo con un bote negro en la mano. Es un “tanque de revelado”.
-Lávate las manos que vamos a trabajar.
Mi abuela me limpia el morro con un trapo de la cocina y bebo un vaso de agua como si acabara de llegar del Sahara.
-Mira, aquí vamos a meter el carrete para que se revele. ¿Ves esto? en esta espiral se va metiendo la película haciendo así con las manos.
Mi abuelo me hace una demostración con un trozo de película de color marrón. Antes me había dicho que estaba “velada” y ya no se puede utilizar. El giro alternativo de las manos hace que la cinta vaya entrando en la rueda, vuelta a vuelta.
-¡Déjame, déjame a mí abu!.
En seguida le cojo el truco y consigo llenar el bastidor. Ahora mi abuelo coje de nuevo la cámara, abre una pestaña y surge una manivela. Es el mecanismo para rebobinar el carrete. Después del rebobinado, mi abuelo pulsa un botón y se abre la tapa de la cámara: allí está el cilindro metálico, negro y amarillo, es el carrete.
-La siguiente fase la tenemos que hacer a oscuras.
Mi abuelo coge carrete y tanque y nos vamos al dormitorio. Bajamos la persiana hasta abajo. Cerramos la puerta y apagamos la luz. A mi me da la risa. Nos sentamos en la cama y mi abuelo empieza a manipular entre las sábanas.
-Hay que evitar que le dé la luz a la película.
En voz baja, mi abuelo me va explicando todo el proceso. De vez en cuando me deja tocar.
-Primero le quito la tapa al carrete, para sacar la película. Sujétame esta pieza que corto con la tijera. Mira, le hago un recorte así para que entre mejor en el tanque. Cuidado no cortemos la sábana, que tu abuela nos mata. Ahora el movimiento de manos, zis-zas y para dentro. Ahora lo meto en el tanque y cierro la tapa… Ya puedes encender la luz ¿puedes llegar?
Llego a tientas hasta el interruptor y enciendo la luz. Mi abuelo sonríe sentado en la cama con el tanque en las manos.
-¡Aquí está nuestro tesoro! 
Le pone voz melodramática y yo me estoy emocionando.
 
En el rato que yo me he tomado la leche con nescuic, mi abuelo a llenado y vaciado el tanque con varios líquidos. Según sus palabras, eran: revelador, fijador y baño de paro. Entre líquido y líquido le hemos dado vueltas a una rueda de la tapa del tanque. Mi abuelo vigilaba el tiempo con su reloj.
Al final, se ha ido al cuarto de baño pequeño y ha abierto el bote, ha sacado la película y la ha lavado muy bien en el lavabo. Después la ha dejado colgando de una pinza en la ducha, para que se seque. Me encanta el olor, que me recuerda al laboratorio de química del colegio.

Mi abuelo se toma ahora un respiro. Y se toma también un café, se sienta a mi lado en la mesa camilla de la salita y comentamos lo que echan en la tele en ese momento. Mi abuela no para de entrar y salir atareada. Mi abuela siempre está atareada. Con las cosas de la casa.

Dentro de un rato entraremos al cuarto de baño pequeño. Mi abuelo me ha enseñado una bombilla roja y un reloj de cocina, que suena al finalizar la cuenta atrás. Me siento como un astronauta a punto de entrar el la nave espacial. Vamos a hacer un viaje en la oscuridad del espacio intelestelar.
Dentro de un momento empezará la magia del cuarto oscuro. Ya lo he visto en la tele, con la luz roja aparecen las imágenes en el papel. Y luego se tienden con pinzas, como la ropa.
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