Las autopistas alemanas

Las autopistas alemanas

Desde la cocina oigo las voces de mi marido y sus amigos. Como otras veces, se han reunido en nuestra casa para ver el partido. El partido debe haber terminado ya, porque están en la fase “discutir”. Se me asemejan a un grupo de cromañones reunidos junto a la hoguera en su cueva. Fumando, bebiendo coñac y dando voces.

No es nuevo para mí, siempre repiten la misma liturgia. La liturgia de la testosterona. Con los mismos tiempos y los mismos textos sagrados. Mientras bato los huevos oigo el rezo del rosario.

Primer misterio: los árbitros. Esa raza maligna. Uno a uno, los compañeros de mi marido recitan los errores arbitrales de la jornada.

– ¡Y el linier!, pero ese tío ¿está ciego?

Parece ser que los árbitros forman una sociedad secreta cuyo objetivo es hacer sufrir al aficionado. Deberían ser erradicados, esquilmados, extinguidos.

Segundo misterio: los políticos. No hay colectivo más contradictorio. Son a la vez tontos de baba y los más listos del mundo. Voy pelando una patata mientras oigo la exposición. Sean de un lado o de otro, son unos ineptos. Nos llevan a la ruina, se ríen de nosotros.

Con la cebolla se me humedecen los ojos. Tercer misterio testosterónico: el tabaco.

– Parecemos apestados, nos quieren echar de todas partes.

Habla el que más fuma, que fuma hasta puros. El olor de sus cigarros atraviesa las paredes y llega hasta mi cerebro. El salón olerá a tabaco toda la semana. Por mucha ventana que abra.

Un chorrito de aceite en la sartén. Pasamos al cuarto misterio: los coches. Atributo masculino por excelencia. Un hombre no es macho hasta que no pasa la barrera sicólógica de los 120km/h. Que si el tuyo tiene más caballos. Que si me cruzo España en tres horas veinte… ¡y parando a tomar un café!

Y ahora llega el apoteósis. La frase que llevo esperando toda la tarde. Esa frase lapidaria, solución de males y punto final de toda controversia. Aguanto la respiración ante el momento sagrado.

-En las autopistas alemanas no hay límite de velocidad. – aplausos, vítores, gritos de júbilo.

Yo, en mi ignorancia de ama de casa, mientras se fríe la tortilla de patatas, me pregunto por qué no ve nadie la evidencia. Los suecos o los americanos, con tanto nivel de vida y tanta superpotencia, y no tienen autopistas alemanas.

Deberían hacer autopistas alemanas en todas partes.

Autopistas alemanas para fumadores, donde se pudiera sobrepasar los 150 cigarros hora sin penalización.

Autopistas alemanas de la política donde no se pague impuestos y cada uno haga lo que le dé la gana.

Y sobre todo, autopistas alemanas en los campos de fútbol. Para que el delantero corra sin límite de velocidad y el guardia civil de línea no le multe con ese injusto fuera de juego.

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