Rosalía


El otro día me encontré por la calle con Rosalía. Casi no la reconozco, está más delgada y vestía muy elegante. ¿Cuanto hacía, quince, veinte años?
Iba con dos niños pequeños de la mano.
– Ya ves, luchando con estos para que vayan al cole. – Me dijo como si nos viéramos a diario.
Abrió la puerta de un cochazo, metió a los niños y se fue conduciendo y sonriendo mientras me decía adiós con la mano.
Rosalía era de nuestra pandilla de adolescentes. Era la chica gordita y con gafas, simpática y agradable. No es que fuera fea, pero no resultaba atractiva. Anduvo detrás de todos los chicos del grupo, aunque yo creo que del que estaba enamorada era de mí. Intentó salir con todos y todos le dimos calabazas.
Salgo con la sota de bastos para “picar las 20”. ¿Cuánto llevamos, quince, veinte años? Jugando todos los días la partida en “El Castellano”. Un bar de los de antes, con las mesas de mármol y botellas antiguas en las estanterías.
Partida de tute, café, copa de coñá y purito. Los cuatro de siempre. Parece que el tiempo no ha pasado.
– Así que viste a Rosalía – Enuncia mi compañero. – Y ¿por dónde anda?
– Creo que acabó medicina y estuvo trabajando en Madrid – comentan por mi derecha.
– Sí pero ahora está aquí, en el hospital, creo que es cirujana – apostillan por la izquierda.
Vuelvo con el tres de oros, el as ya salió y no quedan triunfos.
Los cotillas de mis amigos se saben toda la vida de Rosalía: se casó con un chico bajito que resulta ser el farmacéutico de una farmacia del centro.
– Ella receta y él te vende las pastillas. Ja, ja, ja. – ríen alegremente mis colegas.
Mi compañero vuelve con el rey de oros. Diez de últimas.
¿Qué fue de aquella pandilla? Nosotros cuatro sobrevivimos como pudimos. Hoy tenemos trabajo: en el ayuntamiento, en correos, en una tienda de electrónica. Todos nos casamos y tenemos un Seat o un Citroen. Y juganos la partida de cartas a diario. Nada memorable.
¿Y Rosalía? Todavía recuerdo el día que le dije que no. Era una nochevieja, estuvimos bailando y ella me echó los “tejos”. Yo al principio no dije nada. Pero dos cubalibres más tarde, recapacité. No sé de qué tuve miedo: de atarme demasiado joven, de equivocarme de chica, de las risitas de mis amigos. El caso es que le dije que no, que no podía salir con ella. Argumenté que ella era como una hermana para mí, que no quería hacele daño. Mientras las lágrimas corrian el rimel primerizo de una Rosalía de diecisiete años.
Me dolió, pero me sobrepuse.
Y han pasado veinte años y Rosalía conduce un BMW serie 7, vestida de Chanel y de Gucci. Ha adelgazado y no lleva gafas (aquellas horribles gafas de pasta).
– Tú estuviste a puntito de salir con Rosalía ¿no? – pregunta mi compañero lanzando el siete de copas a la mesa. En mi mente la imagen de la nueva Rosalía me dice adiós con la mano.
– ¡De la que te libraste! Ja, ja, ja.
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