El viajero

El viajero

Soy un encendedor de bolsillo, vulgarmente denominado mechero. Soy de un pueblo de la provincia de Cáceres.

En realidad nací, como todos, en una fábrica en Francia. Después de una breve estancia en un almacén a las afueras de Madrid, mis hermanos y yo recalamos en el bar del pueblo. Un bar de carretera en la Ruta de la Plata. Allí pasamos la primera temporada. La mayoría de mis hermanos fueron adquiridos por lugareños. El resto esperábamos atentos, oyendo las conversaciones de bar de pueblo.

Yo tuve suerte. Mi primer dueño fue un forastero que paró a tomar un café. Venía en ruta desde las playas del sur, de vuelta a su ciudad. Hicimos un agradable viaje hacia el norte. Estuve con él algo más de un mes, proporcionándole mis servicios una media de veinte veces por jornada.

Un día fuimos a comer con los amigos, a un restaurante de menú económico. En la sobremesa realicé varios servicios a los compañeros. La suerte quiso que tras el último servicio, yo quedara oculto bajo una servilleta. Se fueron dejándome allí. Minutos más tarde, el camarero me recogió y probando mi funcionamiento, decidió meterme en el bote de las propinas.

Allí pasé una temporada aburrida con las monedas amarillas de céntimos. Siguiendo la variación diaria de murmullos y barullo: media mañana, aperitivo, cafés, media tarde y cierre. Hasta que un día un turista le pidió fuego al camarero.

¡Quédeselo! – invitó generoso mi casero.

Y así pasé a manos de un nuevo jefe. El resto del día lo empleamos recorriendo los monumentos de la ciudad. Al día siguiente, domingo, emprendimos el viaje de vuelta a Madrid. Un par de paradas y un par de servicios en el trayecto. Pero después del segundo, al entrar en el coche me resbalé del bolsillo y fui a parar a un hueco entre el asiento y la puerta. Permanecí allí unas semanas en compañía de un soso envoltorio de caramelo y unas cuantas migas de galleta. Cada vez que se abría la puerta me daban ganas de saltar y gritar, pero nada.

Por fin mi jefe se animó a llevar el coche a lavar. Uno de los operarios me encontró cuando iba a pasar la aspiradora. Vio que estaba nuevo y me dejó encima de una mesa. De allí me cogió Pepín cuando salía a fumar el cigarro del descanso. Y me metió al bolsillo del mono y se olvidó de mí. No hubo más actividad hasta el fin de semana, que Pepín llevó el mono a su casa para que su madre lo lavara. La madre verificó los bolsillos, me vio y me puso sobre la lavadora. Cerró la portezuela e inició el programa enérgico. Al rato llegó don José, el padre de Pepín, que llevaba un rato buscando su encendedor.

¡Anda, dónde estaba! – dijo confundiéndome con otro colega.

Me metió para el bolsillo y se fue a jugar la partida al bar. Allí se dio cuenta de su error al sacar dos mecheros, uno de cada bolsillo.

Pero si éste no es el mío. – Así que me regaló a su compañero de mus que es taxista.

El taxista, mi nuevo dueño, me dejó en el taxi con la idea de mejorar el servicio al cliente ofreciéndole fuego si fuera necesario. Sin embargo no di ni chispa en la semana que permanecí a bordo.

La siguiente semana, el taxi lo cogía el cuñado del dueño. Es que comparten el trabajo y se turnan por semanas. El cuñado no fuma, pero el martes me recogió y me llevó a casa. El objetivo era encender unas velas, ya que esa noche tenía cena de aniversario con su mujer.

La cena fue muy romántica, teniendo en cuenta que era martes y al día siguiente trabajaban los dos. El miércoles, la mujer me pilló jugando con el niño de tres años. Este me había cogido de donde me dejó el cuñado después del servicio de velas.

La mujer se puso hecha una fiera, regañó al niño – “con esto no se juega” – y me tiró a la basura. Al final del día me bajó con la bolsa de la basura y nos depositó en un rebosante contenedor.

Yo pensé que mis días terminarían allí. Pero debido a que era una de las últimas bolsas y estaba muy arriba, un indigente revolviendo en el contenedor me encontró. A mí me metió en uno de sus malolientes bolsillos. El resto de material recolectado lo introdujo en el carrito de la compra donde lleva sus pertenencias.

Aparte de encender la colilla que siempre lleva en la comisura, poco trabajo tuve con ese hombre. Una noche de mucho frío, que dormimos en el vestíbulo de un banco, junto al cajero, me escurrí del pantalón y me fui a una esquina. A la mañana siguiente el indigente se marchó a toda prisa sin acordarse de mí.

Allí, en el suelo debajo del cajero, me recogió una chica joven que iba a sacar dinero. Me escondió en un sitio raro de su vestimenta porque no quiere que sus padres se enteren de que fuma. Por la tarde fuimos a una discoteca infantil en la que se supone que no dan alcohol ni se puede fumar. Pero todos se saltan esa norma. Vanesa, la amiga de mi dueña, llevó una petaca con vodka para rellenar las cocacolas. Otra amiga llevaba cigarros y mi jefa el mechero. Salimos un par de veces al callejón y realicé unos cuantos servicios. Vino un chico a pedir fuego y mi jefa se puso nerviosa, sobre todo cuando él le tocó la mano para orientar mejor mi llama. Con los nervios se equivocó y me metió en el bolso de Vanesa.

Cuando Vanesa llegó a casa se dispuso a dejar en su sitio el bolso que había cogido a su madre. Estaba en la habitación de la madre cuando me vio. Casi al mismo tiempo oyó los pasos de su madre por el pasillo, por lo que decidió tirarme por la ventana.

La caída de tres pisos a penas me hizo nada, ya que caí sobre la parte posterior de plástico. A lo largo del día me pasaron varios coches por encima, pero resistí bien. Con lo que no pude fue con un camión de reparto que me arrancó el protector metálico y me desmontó la rueda del rascador. Acabé estampado contra el bordillo. Maltrecho. Inservible.

Fue entonces cuando apareció Pancho, “El Pinzas”. Un chaval travieso que está siempre buscando líos. Me recogió, me sacudió y apretó mi pulsador. Al ver que todavía me quedaba gas me llevó corriendo al descampado. Allí estaba su pandilla haciendo una hoguera con palos y cartones.

He traído una bomba – Indicó mostrándome a sus colegas. Y me lanzó al fuego.

Y aquí me encuentro, asado de calor, con mi plástico a punto de derretirse y expulsar el poco gas que me queda. Mis hermanos, los que se quedaron en el pueblo, durarán más que yo. Yo aún tenía para cientos de servicios. Pero no les envidio. Aburridos en el fondo de un cajón, esperando que se vaya la luz para encender una vela. Yo, en cambio he recorrido mundo. Y al final moriré como un héroe: prestando servicio a mi último dueño.


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