Un Geranio Colorao

flor-031Un Geranio Colorao

El retratista entró en su estudio sito en una estrecha calle del barrio antiguo. En un viejo inmueble deteriorado en cuyos bajos está la tienda de fotografía que él mismo regenta. “Foto Exakta” pone en el descolorido cartel. El estudio está en el primer piso, al que se llega por unas amplias escaleras de madera que crujen al paso de los visitantes. La entrada es oscura y ese olor a humedad transforma al retratista, que espera 2,5 segundos antes de dar la luz. A la izquierda, en un jarrón ocre, se ilumina el eterno geranio de plástico. El “geranio colorao” como lo llamaba su primera modelo. El geranio que ha visto desfilar por el estrecho pasillo modelos y modelos.

Suenan los quejídos de los peldaños y el retratista sabe que llega Paula. Se aplana las canas de la nuca mirándose en el espejo de la entrada. Y hace el ademán de oler sonriente el geranio, mientras espera el sonido del timbre.

Paula, pizpireta, es la primera vez que viene al estudio. Podría ser su hija, pero no lo es. No tiene hijas ni mujer. Tiene todas las mujeres. Todas las que están congeladas en las paredes de su estudio. Él la mira como el médico mira a la paciente. Le muestra las piezas: el baño, el cuarto oscuro “que ya no se usa” miente, el despacho y el “campo de batalla” lleno de luces, trípodes, rollos de tela, un taburete de bar y un montón de cachivaches acumulados a lo largo de los años.

Paula es una niña guapa, que fue reina de las fiestas de su pueblo hace unos pocos años. Ahora trabaja de cajera en un supermercado, pero ha hecho sus “pinitos” pasando modelos para una tienda muy moderna de su barrio. Una amiga le habló del fotógrafo y se han puesto de acuerdo. Al final ella obtendrá un “book” y él podrá hacerle todas las fotos que quiera. Hoy ha traído en su bolso un vestido de fiesta, unos zapatos de tacón y una caja de maquillaje.

– No hace falta, hoy sólo te haré unas pruebas en traje de calle. Para irte acostumbrando. – El retratista no suele hablar mucho. No tiene prisa. Se sabe perfectamente el procedimiento.

– Tienes muchas fotos. – constata la modelo, observando las paredes empapeladas de rostros – Todas de chicas.

El retratista la coloca junto al ventanal. le acerca un fotómetro al rostro. Innecesario, sabe de memoria los parámetros que va a usar.

– ¡Abre bien los ojos!, ¡sonríe!, ¡mira para acá! – el hombre la mira como el mecánico mira al coche. Chásis poderoso, carrocería aerodinámica, chapa inmaculada.

Hoy la sesión será corta, para que ella se confíe. En el cuarto oscuro hay unas tijeras. Su piel blanca, perfecta, le recuerda a la nieve recién caída cuando ha ido a la montaña. Esa nieve que no puede evitar pisar. Blanca como su cuello, sus pómulos. Cuatro sesiones. Ella no notará nada, no sospechará nada. La cuarta será la definitiva.

– Y tú ¿no sales nunca en las fotos? Sólo fotografías a chicas.

Sólo chicas, nunca de más de veinticinco años. La edad que tenía la chica a la que hizo el primer retrato con geranio. Un geranio de plástico. Y el último retrato que le hizo a esa chica. La última foto que le hicieron viva.

Después del accidente pasaron veinte años sin que volviera a hacer retratos en este estudio. En la tienda los hacía su ayudante. Fotos de carné, exclusivamente.

Veinte años mirando la misma foto. Una sonrisa, un geranio, unos ojos. La chica que iba a ser su chica.

Hasta que un día ocurrió. Veinte años mirando sin ver nada. Sin ver el reflejo en sus ojos. Como Van Eyck en el espejo de los Arnolfini. Y se atrevió a volver a hacer retratos, siempre de chicas, pero el último con geranio.

Ya han pasado veinte, treinta chicas por su estudio. Les hace una sesión y otra y otra. Y fotos en todas las posiciones. Con todo tipo de vestimenta. Con todo tipo de iluminación. Hasta la última, la del geranio colorao. No guarda ningún recuerdo de ellas, ni su nombre ni nada. Sólo esa foto del geranio, la última foto, que guarda en una carpeta con las de las demás.

El retratista mira a Paula como el carnicero mira a un solomillo de ternera. Es su materia prima. Lo tiene todo planeado. Le hará fotos en todas las posiciones. Con todo tipo de vestimenta. Con todo tipo de iluminación. Hasta que ella se sienta cómoda, entonces le hará la última, la del geranio colorao. Abrirá el ventanal para que entre luz natural. Pondrá cada cosa en su lugar. El geranio en la mano de ella. Ella no sospechará nada. En el último momento, justo antes de pulsar el disparador remoto. Él se interpondrá entre el ventanal y la modelo.

Y su silueta aparecerá diminuta en la pupila de ella. Como en la pupila de todas. A Paula no le hará más fotos, nunca más. Vendrá otra modelo y el mismo ritual. Y así hasta el infinito. Hasta deshacer el maleficio del geranio colorao.

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