Las tres viudas


Salen a la calle y se encuentran en la cafetería. A la hora de siempre. No necesitan móvil para localizarse.
Hablan las tres a la vez. Una inicia una frase y la otra la termina. Y la repiten las tres. Lo repiten todo.
Han comprado verduras y fruta. En el mercado. Comparan los precios. Discuten. Y cambian de conversación. Y hablan de sus maridos muertos. Y recuerdan tiempos mejores.
Se van a tomar unas cervezas.  O vino. Antes fumaban. Ahora ya no.
Visten muy bien. Menos una. Están a la última. Se enteran de todo. De lo local y de lo global. Ven la tele. Leen los periódicos. Y oyen la radio. Lo saben todo. Hay que mantener el cerebro en funcionamiento.
Se conocen de toda la vida. De jóvenes se quitaban los novios la una a la otra. Se enfadaban. Se negaban el saludo. Y se reconciliaban. Esos enfados no duraban mucho.
Me recuerdan a las Grayas, personajes de la mitología griega que nacieron ancianas. Cuyos nombres son Dino, Enio y Penfredo, que significan “el Temor”, “el Horror” y “la Alarma”. Y es que a mí me producen eso: temor, horror y alarma si me las encuentro por la calle. Me cojen por banda y me cuentan sus aventuras.
– ¡No sabes lo que nos ha pasado! Espera que te cuento…
Y es que no saben resumir. Y es que se recrean en las florituras. Y repiten y reiteran y abundan. Y no te dejan marchar.
– Es que tengo prisa – Oídos sordos.
Las griegas, las Grayas, tenían un sólo ojo y un sólo diente que compartían entre las tres. Se pasaban el ojo la una a la otra cuando lo necesitaban. Estas otras no comparten nada. Hablan las tres a la vez. Reclaman tu atención las tres a la vez.
En un descuido, se distraen con una amiga que pasa cerca, y aprovecho para huir.
– Adiós, adiós. Es que tengo prisa. – Las dejo discutiendo sobre si era verde oscuro o verde botella.
Me imagino lo tranquilos y descansados que quedaron los maridos cuando pasaron a mejor vida.
Pero estas tres viudas no son las Grayas, no nacieron viejas, aunque yo las recuerde siempre así. Es un ejercicio que a veces me propongo a mí mismo: imaginarme cómo eran cuando eran niñas. Yo lo hago cuando trato con alguien que me asusta o intimida. Me lo imagino de niño, con cuatro o cinco años, indefenso e inocente. Y me entra una ternura que impide que le tenga miedo.
Me las imagino jugando a la comba en la España de posguerra. En blanco y negro o en sepia. Con vestidos blancos y lazos en el pelo. Y sin callar, como ahora. Y se me escapa una sonrisa.
¡Qué efímera es la vida! !Qué rápido pasa el tiempo!
A regañadientes, discutiendo, alborotadas se ayudan la una a la otra. Una tuvo hijos, las otras sobrinos. Hijos y sobrinos acudirán solícitos al olor de la herencia, el día que las ancianas no se puedan valer por sí mismas. Mientras tanto se apoyan la una en la otra. Con suavidad, sin que se note.
Las tres viudas, como las Grayas, comparten un tesoro, que se pasan de una a otra. Y son sus recuerdos. Recuerdos de sus vidas, recuerdos de su tiempo, que no volverá. Se los repiten la una a la otra, tres veces. Se los repiten a todo el que cae en sus redes. Es la forma de mantener vivo el fuego del recuerdo, el fuego de la vida.
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