Cómo hacerse rico sin quererlo


Soy muy malo para los chistes, pero me acuerdo de uno en el que el protagonista se topaba con un genio de esos que conceden deseos. El hombre pidió tener siempre dinero en el bolsillo y el genio se lo concedió. Desde entonces, cada vez que metía la mano en el bolsillo, se encontraba un billete de 50.
Todo comenzó con la muerte de mi compañero Luis, de un infarto. Ambos trabajábamos en una entidad bancaria, en el departamento de informática. Eramos los que hacían los programas de los cajeros. A Luis le pudo el estrés y se lo llevó un infarto en plena madurez.
Fue duro para mí y tal vez por eso cometí un error. Nosotros teníamos un programa para probar que los dispensadores del cajero funcionaban bien. Ese programa, cuando se ejecutaba, hacía que el cajero sacara un billete de cada denominación: uno de 10, uno de 20 y uno de 50. Así verificábamos la operatividad del dispensador. Este era un programa que sólo se utilizaba en los cajeros de pruebas y nunca en los “cara al público”.
Mi error fue despistarme y que entrara en la distribución de la aplicación a los cajeros de la entidad. No pasaba nada, porque para acceder a ese programa se necesitaba una tarjeta de pruebas. Tarjetas que sólo teníamos Luis y yo. Entonces yo sólo.
Aquello podía entrañar un riesgo para la entidad, tenía que decírselo a mi jefe y tratar de subsanar el error. Cuando fui a hablar con mi jefe, él pensó que era para otra cosa.
– Lo siento mucho, pero la crisis nos afecta a todos. Ya sé que te prometimos consolidar nivel y sueldo para este año. Pero es que la crisis nos ha pillado a todos desprevenidos. No hay dinero.
Llevaba más de diez años cobrando por debajo de lo que correspondía al puesto que estaba desempeñando. Me habían prometido… Y más ahora que me estaba encargando de mi trabajo y el de Luis…
No le dije nada.
Pero lo de la crisis no era broma. Nuestra entidad empezó a dar números malos, muy malos. Nuestros jefes salvaron su pellejo como en el Titanic, dejándonos a los currantes con el agua al cuello. Vendieron el Banco, aunque lo llamaron “fusión”. No era una fusión, era una absorción, y lo sabíamos. La otra entidad desembarcó con nuevas ideas, nuevas consignas y gente nueva. A mí me pusieron un chavalín a mi lado para que le enseñara. Era joven, sumiso y titulado. Y me iba a quitar el pan. A cambio yo debía enseñarle todo lo que sabía.
En esas estábamos cuando la crisis dio otro empellón. Hay que apretarse el cinturón y sobra gente, la solución a todos los males. A los viejos de más de 50 nos “ofrecieron” una prejubilación. En condiciones infrahumanas. Voluntaria. Pero yo sabía, porque lo había visto con anterioridad, que si no pasabas por el aro, te iban a hacer la vida imposible. Así que acepté.
En el maremagnun de la fusión aproveché para escamotear un ordenador portátil y llevármelo a casa. Era viejo, pero me hacía la ilusión de vengarme de la empresa. Al chico nuevo, por supuesto, le di la mínima información posible sobre las aplicaciones del cajero. ¡Que se lo curre!
Pasaron dos  meses y me vi en casa. Al principio era como unas vacaciones, después empecé a tomar conciencia. Un día triste y deprimido encendí el portátil en la salita. Era el que usábamos Luis y yo para conectarnos desde casa los fines de semana si preveíamos problemas en los cajeros. Todavía tenía acceso a la aplicación del Banco. Al nuevo no le había dicho nada, así que no se le ocurrió cerrar accesos.
Me pasé un rato divertido entrando en el ordenador del Banco y pude ver que la nueva entidad había adoptado nuestra aplicación de cajeros. Mis programas estaban ejecutándose en cajeros de todo el país. De norte a sur, de este a oeste (y alguno también en el país vecino).
Y entonces me acordé de los pequeños programitas que hacíamos Luis y yo, casi para divertirnos. Aquellos que arreglaban la contabilidad cuando manipulabamos los cajeros. Y se me encendió la bombilla.
Sigo teniendo la tarjeta de pruebas, esa que no caduca nunca. La que permite entrar en un cajero y acceder al menú supervisor. Acceder a los comandos del cajero, a los programas de Luis y míos.
Puedo viajar por todo el país, en cualquier esquina hay un cajero que tiene ochenta euros para mí. Ochenta euros, uno de cincuenta, uno de veinte y uno de diez. No queda rastro por ninguna parte. Es una operación de pruebas. La contabilidad cuadra. Al final del mes hay un cargo de ochenta euros en la cuenta de ajustes de una oficina. Nadie nota nada.
Nunca saco dos veces en el mismo cajero. Eso me obliga a viajar.
El sueldo de prejubilado no da para mucho, pero ¿quien puede decir que cada vez que mete la mano en el bolsillo se encuentra ochenta euros?
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