El relojero

El relojero

Fray Javier se levanta temprano todos los días. Antes que el resto de miembros de la congregación. Desayuna frugalmente y prepara a Lorenza, la borrica. Le espera un largo camino hasta la casa del relojero.
Fray Javier es un monje joven. El pequeño de seis hermanos, su familia no quiso que se quedara a trabajar el campo. Era demasiado débil y demasiado bueno. De pequeño pasó una enfermedad mala que le dejó secuelas. La Santa Providencia le salvó la vida y él la dedicó al Señor.
La congregación decidió que aprendiera el oficio de relojero. Porque él era el más adecuado y porque, en su última visita, el General de la Orden había regalado a la congregación un antiguo reloj de péndulo.

Todos los días, Fray Javier recorre el camino hasta el pueblo. Mira la hora en el reloj de la torre y la anota mentalmente en su memoria.
– Hoy vamos bien, Lorenza.
Atraviesa el pueblo, que comienza a despertarse. Este pueblo había sido importante. Tuvo castillo y señor feudal. Por eso hay un reloj en la torre. Por eso hay relojero en el pueblo.

El relojero vive al otro lado del pueblo, a las afueras. Es un hombre mayor, bajito de pelo blanco y gafas transparentes. No tuvo hijos y Fray Javier podría haber sido su nieto. Está entusiasmado de poder enseñar su arte a alguien que lo aprecia.

A la salida del pueblo una moza le saluda.
– ¡Adiós, padre!
Con los hábitos le confunden con un sacerdote, pero él aún no ha cantado misa. Y esa moza es tan joven. ¿Qué sabrá ella?

La mañana se hace corta en casa del relojero. La bondadosa mujer del relojero es como una madre. Siempre ofreciendo algo de comer, o de beber. Al final de la jornada, el relojero tiene una sorpresa para el joven.
– Mira Javier, te dejo este reloj de bolsillo. Es una joya. Perteneció a un gran señor y funciona de maravilla. Te servirá para poner en hora el del convento.
El camino de vuelta hoy le parece más largo. Es la excitación del reloj de bolsillo que palpita en su mano. La moza le sonríe mientras recoge las vacas.
– Buen viaje, padre.
Los curillas jóvenes siempre han llamado la atención de las mozas. El fraile sonríe nervioso.

Al llegar a la torre abre la mano para comparar los relojes. Ambos tienen la misma hora, exacta. El relojero es meticuloso, es su trabajo. Es su vida.
Arrea a Lorenza, pues queda mucho camino y está deseando llegar con el reloj a su celda.

El reloj de péndulo del convento funciona regular. Fray Javier le cambió las cuerdas de las pesas, que estaban raídas. Y tuvo que sustituir alguna otra pieza, según indicaciones del relojero.
A la salida del pueblo empieza a notar más fuerte el tictac del reloj. Los latidos de su corazón se sincronizan con los del mecanismo. Su respiración se hace más profunda. El camino parece estirarse hacia el horizonte. La borrica avanza despacio, todo pasa despacio. El cielo se está oscureciendo. El aire se enfría. El viento comienza a levantar el polvo y la hojarasca.
Empieza a llover. El fraile se desvía a un bosque cercano, en busca de refugio. Un rayo cae sobre un árbol y el estruendo derriba al joven de su montura. Continúa a pie internandose en el bosque. Hasta que encuentra una choza medio deshecha. Se acomoda en su interior y, sin darse cuenta, se queda dormido apretando el reloj entre sus manos.
Duerme y sueña. Sueña que cuelga los hábitos. Que se casa con la muchacha del pueblo y abre un taller de relojería en la ciudad cercana. Que tiene hijos y nietos. Que viaja por todo el mundo.
Cuando despierta busca por el suelo el reloj y mira la hora. Aun está a tiempo de llegar a cenar. Sale del refugio sucio de barro y no ve a Lorenza. Se la encuentra más tarde junto al camino y se ponen en marcha.
-Sólo ha sido una tormenta- le dice a la borrica, para tranquilizar a ámbos.
Ya en el convento, pone en hora el reloj de pared y le da cuerda. Le da cuerda también al de bolsillo. Hoy es feliz, no tiene prisa, tiene toda la vida por delante.
Epilogo. La maldición del siete.
El día 21 (3×7) de julio (mes 7) de 1577 cayó un rayo en la torre de poniente del monasterio de El Escorial. Ese rayo fundió las campanas del carillón del reloj. Dicen que el fraile relojero del monasterio se sumió en la melancolía, perdió el color de piel y murió a las pocas semanas.
El ilustre Gregorio Marañón (siete letras) apunta este caso como un claro ejemplo de la enfermedad de Addison (siete letras), una insuficiencia de la glándula suprarrenal.
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Un comentario en “El relojero

  1. Yo tuve una vez un amigo relojero de relojes de torre. Aprendió el oficio de su padre y lo compaginaba con otros trabajos, además era agricultor. Le llamaban los ayuntamientos de la zona para reparar el reloj de la plaza, de la estación, de la iglesia… Y le pagaban bastante bien, por lo visto.

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