Religiosa

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Yo lo maté, es cierto. Él era muy bueno conmigo, no tengo excusa. Yo lo maté.
Me escribía mil poemas. Me decía que yo era la única. Que se volvía loco sólo de pensar en mí. Me decía cosas bonitas, preciosas, y yo me enamoré. Era tan viril. Y tan delicado. Se acercaba a mí despacito, me rodeaba, clavaba sus ojos en los míos.
Yo sabía que él no podía vivir sin mí, no podría vivir sin mí. ¡Qué paradoja!
En penitencia prometo rezar por él, rezar el resto de mi vida. Y nuestros hijos y los hijos de mis hijos seguirán rezando.
Yo lo maté, no lo niego.
Hicimos el amor durante horas. Como si fuera la última vez. Yo lo sabía.
Me rodeó, me embaucó, saltó sobre mí, hicimos el amor. Como animales.
En el clímax de la excitación le agarré la cabeza. Su bella cabeza. Nuestros hijos tendrán sus ojos.
Un golpe seco, un giro rápido y perdió la cabeza. En sentido literal.
Yo estaba como loca, no podía parar. Habíamos hecho el amor con pasión. Todo mi cuerpo temblaba. Su semilla en mi interior. Su cabeza en mis manos.
¿Es amor? ¿Es locura?
Rezaré por él y por todos los que, como él, dan su vida por los demás.
No pude parar, estaba como loca. Me comí su cabeza. ¿Es amor? Le quería todo para mí. No soportaba la idea de que se fuera con otra.
Rezaré por él, eternamente. Yo lo maté y pagaré por ello.
Yo lo maté, lo hice sin maldad. Sólo soy una mantis.
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