Inacabada

Inacabada
Tras el pasaje de oboe con pizzicato de violines, irrumpen las flautas. No me imagino París sin la “Inacabada” de Schubert. Cuando tengo una hora libre salgo a la calle, rue de Saxe. Respiro hondo, miro a la derecha y veo la torre Eiffel.
Todavía no me creo que esté viviendo en París. Y eso que llevo dos meses trabajando en el hotel. Trabajo y vivo en un hotel de una cadena española. El dueño de la empresa me dio esa oportunidad. Me lo prometió cuando murió mi padre, se sentía responsable de mi futuro.


Mi madre murió cuando yo tenía diez años y mi padre enterró su pena en el trabajo. Era recepcionista en un hotel de la costa. Empezó de niño, haciendo recados, y con su tesón consiguió ascender puestos en el hotel. Mi padre era muy trabajador, pero también inteligente. Aprendió a hablar francés y alemán tratando con los clientes. Y eso le sirvió para llegar a director del hotel. El dueño le tenía mucho cariño. Esta empresa es muy familiar y prefiere tener gente de confianza, los empleados de toda la vida. Cuando murió mi madre vino a vernos y nos ayudó en todo.

Salgo a la rue de Saxe, en cuyo bulevar hay mercado los domingos. Camino despacio hasta la plaza, respirando el aire fresco de un día nublado. Desde la plaza de Breteuil me gusta ver, por una calle la torre Eiffel y por otra la cúpula dorada de los Inválidos. Me quedo un rato respirando, saboreando el aire y el momento.


Me gusta pasear por las calles oyendo hablar a la gente en francés. Me recuerda a mi padre cuando hablaba con los clientes. Los franceses eran siempre más elegantes que los alemanes. Suelo ir andando hasta la calle Sevres, y entrar en la Epicerie de Paris. Y en el Bon Marché, y comprar alguna chuchería. Y quedarme embobada viendo los escaparates de la rue Cherche-Midi.


El hotel es pequeño y acogedor. Yo duermo en una de las habitaciones individuales, que nunca se ocupan porque son muy pequeñas. Yo estoy en la del tercero, junto al cuarto de la limpieza. Este verano acabé derecho y no tengo claro qué voy a hacer. Me cogí los peluches y el mp3, que Carlos me llenó de música. Los discos de Schubert y Chaikovsky. La suite del Cascanueces y los Conciertos de Brandeburgo de Bach. Y me vine a París. Aprovechando la oportunidad. A papá le hubiera gustado.

Me llamaría todos los días para saber cómo estaba, si necesitaba algo. Si no hubiera muerto en un accidente de coche. Vendría a verme e iríamos al Pompidou, a ver las exposiciones más raras. Y al d’Orsay para enseñarle el puntillismo de Seurat.

Si no hubiera muerto en un accidente de coche volviendo de Madrid. De una reunión de trabajo que duró hasta las tantas. Si no se hubiera dormido al volante. Si el dueño le hubiera dejado quedarse aquella noche en Madrid. Y volver al día siguiente.


Carlos se enfadó mucho cuando le dije que me venía. Pobrecito, es tan majo. Si papá no hubiera muerto, me hubiera quedado allí, con Carlos. Y ahora no estaría aquí, respirando este aire frío y escuchando la “Inacabada”.

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