Crónicas del servicio de caballeros

Crónicas del servicio de caballeros
Dice una leyenda urbana que las mujeres toman las decisiones importantes en el servicio de señoras. Por eso a menudo van en grupo. Hay debates y votaciones. Desafortunadamente, no ocurre lo mismo en el de caballeros. Se hace difícil mantener una conversación estando cara a la pared y con una mano sujetando “la Giralda”.
Quizá sea ese el motivo del laconismo urinario. Hay dos tipos de conversación de baño.
1. La monosilábica u onomatopéyica:
-…tal?
-¡Bah!
-!Ya!
-…dios.
2. La jocosa con el equipo rival. Haciendo referencia a una reciente o eventual futura derrota del enemigo. Si el derrotado es el equipo propio, se pasa humildemente al tipo 1.
Nosotros, en el Club de los Jamelgos, hemos desarrollado una mejora genética que nos hace ser superiores al resto de homínidos. Estamos capacitados para tratar temas complejos en un entorno de aguas corrientes sanitarias. Y todo ello sin, aparentemente, sufrir una operación de cambio de sexo. Comportamiento sólo observado a algunos cocineros y a una rara especie de mejillón australiano. Científicos del mundo entero opinan que la ingesta masiva de moluscos bivalvos puede ser el origen de tan extraño suceso.
El estricto código de honor de los Jamelgos me impide revelar las conversaciones “in váter”. No obstante puedo decir que los estatutos no escritos de este club han sido forjados en tan importante lugar.
El primer capítulo de los estatutos indica que el de los Jamelgos es un Club de Solteros cuyo objetivo no es otro que el de su completa disolución. En efecto, el noviazgo implica apertura de expediente. Y la boda obliga a la total y absoluta expulsión. Deshonor que sólo puede ser limpiado con un divorcio en toda regla. El rito ancestral consiste en encerrarse con el novio, el día de la boda, (a ser posible en el mismo evento del banquete nupcial) en el servicio de caballeros más cercano. En un solemne acto, se procede a infligir al miembro saliente una pesada broma que no olvidará en todos sus días. Algunos incluso han sobrevivido.
Nuestro selecto club mantiene en secreto algunos de los puntos importantes de sus estatutos. El hecho de que no exista copia escrita de los mismos favorece la discrección y evita las molestas filtraciones.
Uno de los artículos del código más queridos y orgullosamente exhibidos por los Jamelgos es el relativo a las tres K. Nada que ver con anacrónicos racismos, por supuesto. Se trata de los tres criterios básicos para poder sentirse Jamelgo con todo derecho. Un buen jamelgo debe ser, ante todo y por encima de todo, CAballero, CArtesiano y CAmpechano. Ergo, las tres Kas.
Caballero implica elegancia y buen hacer. Educación, cultura (enológica, futbolística, taurina…) y refinamiento. Nadie que se acerque el cuchillo a la boca será admitido.
Cartesiano significa ser seguidor de los escritos del gran René. No hace falta conocerlos de memoria, pero sí admitir como ciertos el Método Científico y la ley de conservación de la energía. Y qué mejor que un buen sillón para conservar e incluso recuperar energías después de un buen cocido maragato.
Y campechano (no confundir con “cachondo mental”, a pesar de la coincidente “K” inicial) tiene mucho que ver con la modestia, la nobleza y la buena disposición de ánimo. Todo gran hombre demuestra su grandeza siendo campechano con los de menor rango. Por eso un Jamelgo, cumbre de la pirámide de la evolución, se ha de mostrar natural y modesto ante cualquier ser inferior. Es decir, ante cualquier ser, punto.
Los estirados no son de nuestro agrado, pues demuestran no tener el control de la situación. Ser poco profesionales en la disciplina de la vida cotidiana y de las habilidades sociales. Aficionados.
Algunos pueden pensar que nuestro proceder está marcado por el machismo. Nada más lejos de la realidad. El Jamelgo puro es feminista por naturaleza. Defensor a ultranza de la causa femenina. Lo cual no quita para ser al mismo tiempo masculinista, que no machista, y defender los valores masculinos con no menor arrojo y alegría. Ni machistas ni hembristas, feministas y, cómo no, masculinistas. Dos sexos juntos, avanzando hacia el futuro codo con codo, como el yin y el yan, como el vino y el pan, como el perro y el gato.

Nada hay en el mundo que nos haga sentirnos más orgullosos que pertenecer a este grupito de privilegiados. Por eso lloramos y pataleamos cuando tenemos que abandonarlo. Porque un Jamelgo es un Jamelgo aunque, por desgraciadas circunstancias, se vea en la obligación dolorosa de abandonar la militancia activa.

Como es mi caso hoy. Con lágrimas accedo al servicio de caballeros. Sé que es la última vez, la última en mi calidad de jamelgo. Dentro me espera la humillación y el desconsuelo. Castigo justo a mi desfachatez. Por dejarme cazar como un cervatillo inocente. Llevaré mi estigma con resignación, con decoro, con discrección, con elegancia. Ni el resto de los invitados ni mi familia ni, por supuesto, mi flamante esposa, sospecharán nunca nada.
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