La dama negra


Sale la dama negra y entra la dama blanca. Los animalillos del bosque inician su actividad. Los árboles y las plantas realizan la fotosíntesis febrilmente. Los deshechos de unos son los alimentos de otros. Si me fijo bien oigo el canto de los pájaros.
En mi caso, el pájaro es mi vecino. Y canta una de Alejandro Sanz en la ducha. Las paredes son permeables al sonido. Afortunadamente es mayor el ruido de las gotas de agua contra la porcelana de la bañera.
Desde la cama calculo la velocidad de la gota, cayendo de la alcachofa a la porcelana. Es el mismo problema que pongo en clase a mis alumnos: mgh igual a un medio de la masa por la velocidad al cuadrado. Igualo energía cinética y potencial. La masa se va. La velocidad de la gota es la raíz de dos veces la aceleración de la gravedad multiplicada por la altura. A ojo: seis metros por segundo. Veinte kilómetros por hora. La gota contra la porcelana. ¿Cuántas gotas por segundo? ¿Por minuto? ¿En los diez minutos que tarda mi vecino en ducharse?
Ya no me apetece calcular más y me levanto. Esta noche soñé algo. O lo leí. O lo escuché en la tele. Se me mezclan unas cosas con otras. A veces confundo los personajes de la novela que estoy leyendo con mis vecinos. En la novela, el protagonista tiene vecinos. A veces los compartimos.
Esta noche soñé con la dama negra. Me acordé de la novela que leí el verano pasado: “Trois jours chez ma mère”. Trata de un novelista que escribe sobre un novelista que intenta acabar una novela. Una novela dentro de una novela dentro de una novela. Le dieron el premio Goncourt.
A mi se me mezcla la realidad con las novelas. Con el cine. A mi vecino me lo imagino como al de la novela o como un actor secundario de Hollywood.
Soñé que yo era la torre de rey. Y Carmen es el alfil de dama. Por eso sólo nos encontramos en las casillas negras. Ella sólo pisa las casillas negras. La veo de reojo desde mi esquina blanca del tablero. Medio oculta por la dama. Estoy deseando enrocarme para estar más cerca de ella.
Ella es profesora de literatura. Un día, para iniciar una conversación, le pedí que me recomendara una novela.
– Léete el Quijote- me dijo despreocupadamente.
– ¿Cuál de ellos?- osé preguntarle.
– El de Cervantes, a ser posible.- jaque
– ¿Y tú eres la profesora de literatura? ¿no sabes que Cervantes no lo escribió? Lo encontró en un mercadillo en Toledo. El autor era un morisco llamado Berenjena.
– Vale, Marcelo. Tengo cosas más importantes que hacer- jaque mate.
Si tuviéramos un hijo sería la dama negra. Mezcla de torre y de alfil. De profesora de literatura y profesor de física. Sería un escritor de ciencia ficción. O una escritora. La dama negra.
Me hago el desayuno mirando la tele. Mi vecino sale dando un portazo. Paz. Leche con cereales. Hoy no tengo clase hasta las doce. Carmen ya habrá empezado la suya. Termino el desayuno, me ducho, me visto. Me despido con un beso de mi mujer. Si me doy prisa llegaré a tiempo para cruzarme con Carmen. En una de las casillas negras, por supuesto.
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