Un día maravilloso

Un día maravilloso
“…I see friends / shaking hands / saying: how do you do / they’re really saying: I love you…”
Satchmo canta en el aparato de música de mi coche. Su voz rota me relaja, me transporta a mi niñez con el single que mi padre ponía en el “pick-up”. Entonces cantaba a Ramona. Un nombre que me parecía feísimo y una voz que me resultaba rara, comparada con la limpia y cristalina de los Platters. Mis padres bailaban en “tuis” rivalizando con otros matrimonios jóvenes, agachándose y volviendo a levantarse al ritmo frenético del Dúo Dinámico. Mi padre no sabía que su peinado con tupé era propio de los Rockers y que iba a ser arrasado por el flequillo de los Beatles.
La trompeta de Satchmo toca notas en blanco y negro y yo silvo el acompañamiento recordando el peinado voluminoso y la falda recta de mi madre.
Respiro hondo y creo percibir el olor de la hierba de los jardines, a pesar de que llevo las ventanillas cerradas y el aire acondicionado a tope. Con este calor no hay opción.
La felicidad es renunciar… se me acaba de ocurrir. No sé por qué pero me vienen a la mente las decisiones importantes de mi vida. Todas magistralmente resueltas. Algunas implicaron renunciar a algo. A algo importante. Pero menos importante que la felicidad.
Cuando conocí a Paula renuncié a mi libertad de soltero. Cuando tuvimos al mayor, a mis expectativas de trabajo. Cuando tuvimos a la nena, a viajar al extranjero. Cuando nos fuimos de Madrid renuncié al resto de mi carrera profesional y a ganar mucho dinero. Y a vivir en una ciudad dormitorio.
Paula renunció a su vida social para criar a los peques. Renunciamos al cine y la ropa cara para poder comprarnos un pisito. Renunciamos a la playa y las cervecitas para comprarnos un coche. Y nos salió bien.
Estábamos dispuestos a renunciar a todo para poder estar juntos. Pan y cebolla. Y la vida nos dió la vuelta.
Mis recuerdos en blanco y negro y en “mono”, en aquella casa de mis padres, alquilada y con suelo de baldosín. La cocina de carbón y el alicatado no llegaba al techo. Mis recuerdos me demuestran que la vida de mis padres fue muy similar a la mía. Fuimos felices con poco. Sólo con la familia, y los amigos. Con lo justo para vivir.
Y luego la vida nos dió la vuelta.
Pasamos tiempos difíciles. Las parejas se separaban. Los hijos eran fuente de problemas. Discusiones, violencia, drogas. Horarios, ropas, estudios.
Pero nosotros nos mantuvimos unidos. Aguantamos el temporal con cariño, con amor. Lo hicimos bien o tuvimos suerte.
Los niños sacaron los cursos sin hacer ruido. Estudiaron lo que quisieron, cuando quisieron, como quisieron. No pudimos enviarles a grandes universidades ni privadas ni fuera de nuestra ciudad. Hicieron lo que pudieron, voluntariosos como hormiguitas.
Salva, el mayor, está en Estados Unidos con una beca del ministerio. Y Lucía se casa el año que viene, cuando termine la tesis. Paula me roza la mano mientras cambio de marcha en mi flamante BMW. Y yo sonrío y silvo acompañando a la melodía del equipo de música.
Cuánta razón tiene Louis “Satchmo” Armstrong… “I thik to myself…what a wonderful… world.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s