Infierno

Infierno
Hola, me llamo Pedro, tengo 8 años y vivo en el infierno.
No siempre fue así, la mitad de mi vida he vivido en el cielo. Hasta los cuatro años Papá y Mamá se preocupaban de mí. Lo pasábamos de maravilla y yo era feliz. Pero entonces llegó mi hermano: Jesús. ¡Qué paradoja! El niño Jesús, como si fuese bueno.
Al principio me encantaba tener un bebé en casa. Me pasaba las horas muertas mirándole dormir, tocando su pie diminuto y poniendo el dedo para que me lo agarrara con su manita. Estaba deseando que creciese para tener un compañero de juegos.
Papá empezó a llegar tarde a casa todos los días y no tenía tiempo para estar con nosotros. A Mamá se le acumulaba el trabajo, se ponía nerviosa y se enfadaba con facilidad.
Cuando Jesús empezó a tomar papilla es cuando se lió la cosa. No quería que se la dieran a la boca, quería comer él solo. Y si no, lloraba. Así que Mamá, “por no oírle”, le dejaba hacer. Y luego le decía a Papá: “este niño sí que es listo, que ya come solo”. ¿Listo? ¡Si tiraba la mitad de la papilla!
Jesús aprendió a conseguir todo lo que quería a base de gritos. Si no lo conseguía a la primera es que no había chillado suficientemente alto. Entonces subía el volumen. Y así hasta que Mamá o Papá ya no aguantaban más y se rendían. Y le daban lo que exigía: un juguete, una chuche, un cuchilllo, un martillo…
A Jesús no le educaron. A mí de pequeño me habían enseñado que por la noche se iba uno a la cama. Mamá me ponía el pijama y me acostaba. Yo le decía desde la cama “apaga lus y cerra peta”, y me quedaba a oscuras tan campante. Sabía que Mamá estaba en la habitación de al lado. Y que los monstruos no podían atravesar la sábana ni la manta, que eran mi protección.
A la hora de dormir, Jesús quiere siempre jugar y, ni Papá ni Mamá consiguen convencerle. Ya sabe que su grito o su lloro son invencibles. Yo me acuesto y él se queda por ahí enredando.
No entiendo cómo no han querido enseñarle todo lo que me ensañaron a mí. El orden de las cosas, la jerarquía, la civilización. A Jesús le han hecho desordenado, anárquico y asilvestrado. Parece que se hubieran cansado tanto educándome a mí, que ya no les quedaran fuerzas para repetir con Jesús.
Las figuritas de porcelana. “Se miran pero no se tocan” me dijo Papá y yo lo entendí. Me gustaba mirar aquellas figuritas de dioses chinos que teníamos en el salón. Sobre todo la que representaba a un gordito calvo. Alguna vez, Papá me dejaba coger una con mucho cuidado. Yo la tenía un instante en mis manos y se la devolvía para que la dejara en su sitio. Un día, al poco de aprender a andar, Jesús se presentó en la cocina con el gordito en la mano. Yo estaba merendando sentado a la mesa. Jesús se nos quedó mirando a Mamá y a mí. Sonrió. Y lanzó la figura contra el suelo. Yo solté un grito ¡Nooo! Jesús empezó a reirse con el chupete en la boca y la figurita hecha añicos en el suelo.
Y lloré como nunca antes había llorado. Como no creo que llegue a llorar nunca. Hubiera sufrido menos si me hubieran cortado una mano. Lloré y lloré y ya no pude acabar la merienda. Mamá intentó consolarme: “no pasa nada, es sólo una figurita, compraremos otra”. Pero nunca hemos comprado otra.
Papá me había dicho que esas figuritas no se tocaban. Que había que respetar las cosas, cuidar las cosas bonitas. Y ahora resultaba ser todo lo contrario: las cosas no valen nada.
Por supuesto, a Jesús no le pasó nada. Ni un castigo, ni una reprimenda, nada.
Ese día me di cuenta de que mis padres habían cambiado. Papá ya no se pasaba las tardes viendo la tele conmigo. Mi salíamos al parque. Tenía mucho que trabajar.
Jesús se ha cargado todos los juguetes de construcción que me trajeron los reyes y que habíamos montado Papá y yo siguiendo las instrucciones. La mitad de las piezas perdidas y la otra mitad rotas.
Mamá le dejó un día a Jesús mis tebeos y un bolígrafo. Los destrozó todos. Los tebeos de Mortadelo que me leía Papá de pequeño y con los que aprendí las letras. Una vez había pensado que yo se los leería a mis hijos, aquellos tebeos.
Yo me quejaba, pero la respuesta era siempre la misma: “déjale, que es pequeño”. Y es que si no, Jesús lloraba o chillaba.
No entiendo por qué nos han educado diferente a mi hermano y a mí. A mí me han enseñado a ser educado, ordenado, obediente. A Jesús le han entrenado para hacer siempre gamberradas, chillar, romper cosas y desobedecer. Cuando hace una trastada, no le dicen nada. O le ríen la gracia. Con lo cual, Jesús se siente recompensado.
Cuando empezó a hablar una de las primeras palabras que aprendió fue “puta”. Se quitaba el chupete con una mano y decia bien alto: “puta”. La gente le veía tan pequeño y les hacía gracia, se reían. Así que Jesús repetía la palabra una y mil veces, hasta la saciedad. A mí no me gustaba, me daba mucha vergüenza. Papá me enseñó a no decir palabrotas.
A mí, Papá me dijo que no había que pegar ni insultar a los otros niños, que las diferencias se arreglaban hablando. A Jesús le ha dicho que no empiece él, pero que si le pegan, que la devuelva. Ya tiene excusa para pegar: “empezó el otro”. Es como darle armas a un asesino. Jesús se ha pegado con todos los de su clase. Y a la maestra la llama “puta”.
Mi vida es un infierno por culpa de Jesús. Pero algún día escaparé. Me iré de casa y tendré mi propia vida. Cuando sea mayor, lo tengo muy claro, no me casaré ni tendré hijos. La familia es un engaño. Me dedicaré a trabajar y ganaré mucho dinero y tendré una casa bonita con mis cosas y no dejaré entrar a nadie. Seré policía y lucharé contra todos los jesuses que hay en el mundo. Los apresaré y los meteré en la cárcel. Y les quitaré sus cosas y las romperé. Y restableceré el orden de las cosas. Y al final del día leeré un tebeo con Papá.
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