25 días de escritos

Coruña desde San Pedro

1.-CAPERUCITA (27/9/10)
Ustedes no saben lo dura que es la vida de una madre soltera. Todo el día trabajando para poder llevar un duro a casa. Y gracias que tengo trabajo.
Ya sé que la niña es pequeña, pero yo no puedo atenderla, no puedo estar todo el día con ella en casa. Por eso la mandé a casa de su abuela. Para que estuviera con alguien. Así se hacen compañía las dos.
Yo ya le dije: niña, no cruces por el parque que no hay más que drogadictos y delincuentes. Claro, con tanto paro, la juventud no tiene qué hacer. Y se dedican a holgazanear y hacer botellón. Yo le dije: no cruces por el parque y no hables con nadie. Pero ella es muy desobediente, y como está tan desarrollada para la edad que tiene…

2.-Chaperon y Cendrillon (28/9/10)
Eran dos ángeles caídos del cielo. Todavía las recuerdo desnuditas sobre la cama, recién salidas de la bañera. Riendo, gritando. Inventando palabras.
– ¡Pirepi!
– ¡Melequi!
– ¡Moloco!
Y la música de Vivaldi de fondo. Hay que secarse bien y ponerse el pijama. Se nos caía la baba, a sus padres y a mí. Yo las secaba la barriga y los bracitos, y ellas me daban un beso. Yo era como su tío. El mejor amigo de su padre. Compañero de estudios, de trabajo, de sindicato y vecino de piso. Éramos uña y carne.
¿Y qué fue de todo eso?
Se mudaron a un adosado cuando él dejó el sindicato y le hicieron director. Y nos dejamos de ver. Sin quererlo, sin impedirlo.
Ellas ya no se acuerdan de mí, pero cuando las veo por la calle me hierve la sangre. Cuando las veo agarraditas a sus amigos adolescentes. Abrazadas y besándose en la boca sin pudor. Fumando y diciendo palabrotas. Riendo a carcajadas.
¿Qué fue de aquellos ángeles? Mis pequeñas Chaperon y Cendrillon.

3.- La ardilla (29/9/10)
Hicieron huelga en el bosque. El oso los reunió a todos y les dijo que había que protestar.
– La deforestación por el cambio climático y los incendios provocados, nos está comiendo el terreno. Hay que protestar.
Y se fueron a la huelga. El cuco no cantó ni puso huevos. Las flores no se abrieron, los pinos no dieron sombra y los conejos no salieron de su madriguera.
El oso se dio un paseo para observar la incidencia de la huelga que parecía del 100%.
Y de pronto se encontró con una ardilla, recogiendo nueces del suelo.
– Hola ardillita, ¿no sabes que hemos decidido hacer huelga? Hoy no trabajamos nadie en el bosque. Protestamos por la deforestación.
– Hola osito -contestó la ardilla, sin dejar de recolectar nueces- ¿Sabes como me llamo?
El oso quedó atónito ante el desparpajo del roedor.
– Pues te lo voy a decir -prosiguió la ardilla-. Los ingleses me llaman “squirrell”, pero en mi pueblo, en el Empordá, me llaman “esquirol”.

4.-Madrid (30/9/10)
Hoy he vuelto a Madrid, pero no se parece a aquél Madrid. Aquel Madrid que tenía un olor especial. Decían que era la contaminación, pero a mí me recordaba a mi primera llegada a la capital. En un tren expreso con paisanos de provincias con boinas y gallinas.
Aquel Madrid que me encandiló, a mí que no había visto una ciudad en mi vida. Y de pronto me emborraché de ciudad. Era joven y todo era nuevo. Pasé en un periquete de garrulo a moderno. Estaba en el centro del universo. En la “movida”. Fui con los ojos pintados al concierto de Canito. Y me fumé unos canutos.
Por aquella época Madrid olía a escape de taxi. A neumático de autobús y a frenos chamuscados de vagón de metro. Y cada vez que volvía al pueblo me asfixiaba el exceso de oxígeno y me tenía que volver.
Por aquella época, “de Madrid al cielo” se codeaba con “Madrid me mata”.
Han pasado tantos años que ya no me acuerdo. Yo ya no soy aquel chaval de provincias con ganas de ver mundo. Hoy he vuelto a Madrid y los cuatro gigantes de Chamartín no me han asombrado.
Hoy Madrid ya no huele a nada.

5.-Nocturno (1/10/10)
Andrés bajó la cuesta despacio, cojeando. Llevaba ya más de dos años con esa cojera, síntoma del deterioro generalizado de su cuerpo. La cuesta delante de su casa estaba embarrada por las lluvias de los días anteriores. El barro medio congelado, esa noche había helado, crujía bajo las madreñas. Estaba a punto de amanecer.
Apenas se veía a la luz de la solitaria bombilla que colgaba del alero. Noche sin luna. Noche fría. Se llevó la mano a la boina, que le cubría una calva blanca, única zona de su cabeza que no estaba tostada por los mil soles de la vida del labrador.
A medida que se alejaba de su casa las sombras se iban escabullendo de su trayectoria. El miedo no existe cuando estás en el camino que has recorrido miles, millones de veces.
El sol empezaba a salir cuando Andrés llegó al asfalto de la carretera general. Cerró un poco los ojos para enfocar mejor en la distancia. Unos faros surgieron de la curva del bosque. Por fin el momento tanto tiempo esperado. Andrés respiró hondo con nerviosismo. Por fin volvía a casa su nieta Celia.

6.-Tu mano (2/10/10)
Dame tu mano, amor, dame tu mano.
Dame tu mano, amor, que ya es verano.
Dame tu mano fiel, y zalamera.
Posa tu mano en mí, que es primavera.
Tócame con pasión y amor eterno.
Frótame con dulzor, llegó el invierno.
Mi mano se hundirá todo el otoño.
Porque el autor no encuentra rima adecuada.

7.-Mi droga (3/10/10)
“I get no kick from Champagne”
Frank Sinatra canta para mí mientras me afeito. Hace tiempo que dejé la eléctrica y volví a la cuchilla.
“Mere alcohol doesn’t thrill me at all”
Mi droga no es el alcohol, ya no me hace nada. Demasiadas borracheras en mi juventud.
“so tell me why should it be true”
Bálsamo aftershave, crema antiarrugas, hidratante, antiojeras. Peine y colonia de marca.
“that i get a kick out of you”
Mi droga eres tú, Frankie. Tú me das fuerzas para seguir adelante cada mañana, cada día. Mi droga es la música. El día que no pueda asearme con música, ese día será mi último día.

Y Don McLean me contestó: “…The day the music died. So bye-bye, miss american pie…”

8.-Terror (4/10/10)
Llegué a Lilongwe en un avión procedente de Nairobi. El aeropuerto parecía una estación de autobuses de provincias. Me vino a buscar Javier, el funcionario más veterano.
– Te llevo al hotel para que te acomodes. En una hora paso a buscarte y te enseño la Embajada.
Una ducha y cambio de ropa, todavía me sobraba media hora. Decidí salir a dar un paseo y respirar aire africano.
La calle delante del hotel es ancha como una avenida. Pero sólo está asfaltada la parte central, el resto es tierra; tierra y polvo.
Caminé unos diez metros cuando me asaltó un anciano de ojos vidriosos que, en un inglés infame, pretendía venderme unas postales hechas a mano. Miré a mi alrededor y no vi más que negros. Mal vestidos y pobres, mirándome de reojo, tal vez con rencor. Tal vez con el odio al blanco invasor. De pronto me faltó el aire. Esto no es como Europa o USA.
Salí corriendo hacia el hotel, disculpándome como pude ante el anciano negro. Entré en mi cuarto cómo una exhalación. ¿Qué hago yo aquí? a veinte mil kilómetros de casa. Perdido en un continente atrasado.
Sollozando sobre la cama esperé a que viniera Javier a buscarme.

9-Camino de Zambia (5/10/10)
Si me viera mi madre…
Ella no se imagina que estoy conduciendo por la izquierda en medio de África y dirigiéndome a la frontera con mi novia.
La novia que me he echado aquí, en el continente negro. Kim es rubia y mide unos 10 centímetros más que yo. Nos conocimos bailando en el Diplomat, éramos los dos únicos blancos que había en la pista. Si es que se puede llamar pista.
Yo bebía una cerveza y me zarandeaba al ritmo de Bob Marley mientras intentaba zafarme de la negra pechugona que quería llevarme al huerto. Supongo que creía que “blanco” y “rico” son sinónimos.
Kim estaba con un par de negros de buen ver, pensé que uno de ellos era su novio.
Nos miramos de reojo un par de veces y a la tercera se acercó. Me habló en inglés, me dijo que era australiana y que estaba de “lectora” en la escuela de idiomas. El resto vino rodado.
Y ahora nos vamos a pasar el weekend a un parque a Zambia. Es la primera vez que vamos a dormir juntos ¡en una tienda de campaña! Es la primera vez que voy a cruzar una frontera africana por tierra, y conduciendo por la izquierda.
Si me viera mi madre… si me viera ahora, le daría un “patatús”.

10.-Un sueño (6/10/10)
Espero que Mark me lleve este fin de semana a down town Seattle y pueda hacer algo de turismo. Subir a la torre con forma de platillo del Space Needle. Y visitar el Pike’s Place, donde los pescaderos se lanzan los salmones de un extremo a otro de la tienda. Desde que llegué no hemos hecho otra cosa que oficina y casa.
Para mí es un sueño estar trabajando en Microsoft. Tampoco pensé que vivíría en casa de mi jefe. Pero Mark no es un jefe al uso. De todas formas tendré que buscar un alojamiento, no voy a vivir siempre en casa de Mark.
Mark me lleva de casa a la oficina en su Toyota monovolumen. Aquí sin coche no puedes hacer nada. Es tan imprescindible como los zapatos. Estamos todo el día juntos. Comemos en el comedor y tomamos café en el Starbucks, todo en el mismo edificio de Microsoft. No hay horarios. Y poco a poco voy haciéndome al inglés americano. Me gusta el trabajo, pero necesito un descanso. ¡Y eso que no llevo más que cuatro días en Seattle!

11.-Nueva vida (7/10/10)
Lo nuestro se acabó, y no me acostumbro a vivir solo. He quitado todas las fotos tuyas y las paredes parecen desnudas. Luego quité las fotos de los sitios a donde fuimos juntos: Italia, París, la Costa Brava…
Tiré los libros que leímos a medias, los jerseys que me comprabas en el rastro, los vasos de duralex que trajiste de casa de tus padres. Cambié de sitio los muebles, pasé la aspiradora.
He comprado un nuevo ambientador que tape tu olor, he tirado todos los discos y he comprado música clásica rara: Grieg, Borodin, Mahler. Y ya no cocino en casa, me tomo el menú en la cafetería de abajo.
Pero da igual. Todas las mujeres me recuerdan a tí. Todos los coches a tu coche. Y en cada esquina espero infructuosamente tropezarme con tu sombra.

12.- El cuento de la trucha (8/10/10)
-Papá, cuéntame otra vez el cuento de la trucha.
Ojalá tuviera yo la imaginación y la inventiva que tienen otros. Todas las noches lo intento. Trato de inventar un cuento para mi hijo: el cuento de la trucha.
Llevamos dos meses en esta pequeña ciudad. Traslado de trabajo. No están las cosas para elegir. Yo, al menos tengo trabajo. A Laura la despidieron. Al menos un sueldo y lo que nos ahorramos en guardería.
Llego tarde y cansado de trabajar. Pablo ya está bañado y acabando de cenar. Yo le llevo a la cama y le cuento un cuento. Es el mejor momento del día.
El cuento de la trucha no tiene fin. Cuando se me agota la imaginación y no me quedan animales que se encuentren con la trucha, Pablo ya se ha dormido.

13.-Los falsos gemelos (9/10/10)
A mi clase iban dos chicos que se parecían mucho. No eran gemelos porque uno se apellidaba Fernández y el otro Contreras. Al primero le llamábamos Chucho, porque Fernández había muchos. Los primeros cursos no se parecían tanto. La cosa empezó cuando, por esos azares de la vida, sus madres les compraron un abrigo idéntico. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de su extraordinario parecido.
Chucho y Contreras estaban siempre juntos y les encantaba que les confundieran. Jugaban muy bien al fútbol, y se compenetraban de maravilla.
Contreras sacaba mejores notas. Fue a la universidad, acabó una carrera y se fue a Madrid.
Chucho, en cambio, era un tarambana. Juerguista y mujeriego era el contrapunto de su “hermano”. Cuando se separaron, Chucho fue de mal en peor. Deambulaba como un poseso, medio borracho, por las calles. Parecía que le faltaba algo, su otra mitad.

14.- El mar (10/10/10)
La mar océana. Esa planicie líquida llena de peces. Donde se adentran los pescadores a jugarse la vida. Me gusta el pescado porque soy inconsciente de su coste humano.
Necesito el mar para respirar. Cuando paso mucho tiempo en el interior, me asfixio. Y no me queda más remedio que acudir a una pescadería. Pregunto a cómo está el rape, para disimular. Y me empapo de ese olor marino que me da la vida.

15.- El fin del mundo (11/10/10)
Fue idea mía el que hiciéramos el camino de Santiago. Por que Lucas olvidara su reciente divorcio. Lo llevaba francamente mal.
Llegamos a Santigo y nos pareció poco. No teníamos ganas de volver. Nos hablaron de continuar hasta Finisterre, el fin de la tierra. Una peregrinación pagana más antigua. Y hacia allí nos encaminamos. Dicen que los viajeros llegan hasta el faro y queman allí sus ropas en señal de renovación. Lucas estaba muy callado los últimos días. No sé si fue premeditado.
Nos acercamos al faro y allí vimos los harapos colgados de la torreta de la antena. Lucas se acercó al acantilado. A mí, un golpe de viento me arrancó el gorro. Me di la vuelta y ya no volví a ver a Lucas. El mar se lo había tragado.

16.-viajeros (12/10/10)
-Nosotros ya hemos venido más veces. El año pasado nos llevaron a Benidorm.
Se nota, al ver su habilidad en el bufé del desayuno. Él coge los zumos, ella las frutas y le deja las pastillas sobre el mantel. Luego, se pasan todo el rato hablando: de sus hijos, de su nieta, del viaje del año pasado que la comida era mejor.
Es la primera vez que Marisa y yo nos apuntamos a estos viajes de la tercera edad. Ella no quería venir, todavía se siente joven. A mí me jubilaron el año pasado y no acabo de acostumbrarme. Después de treinta y cinco años yendo a la oficina todos los días, ahora me aburro en casa. Y discuto con Marisa.
En este viaje hemos conocido a esta pareja mayor. Muy simpáticos. Espero que lo pasemos bien. Es lo que nos queda, mientras podamos valernos. Los viajes de la tercera edad.

17.- La tía Águeda (13/10/10)
Es la última de su generación. Es la tía carnal de mi mujer. Tanto sus padres como los míos hace años que murieron. Y los tíos del pueblo y la tía monja y los otros tíos. Sólo queda Águeda, que ya tiene ochentaitantos.
El año pasado tuvo una época mala. No se defendía en su casa y la llevamos a una residencia. Ella fue convencida, es la mejor residencia de la provincia, y al principio estaba de maravilla. Pero luego empezó a decir que no la hacían caso, que la cambiaban la medicación, que la querían matar.
Mi mujer la iba a visitar todos los días y yo la acompañaba los lunes y los miércoles. La cosa se complicó cuando dejó de comer y la tuvimos que sacar de la residencia. Estuvo una semana en casa pero tampoco quería y se fue para la suya. Ahora está mejor pero no sabemos cuánto durará. Mi mujer es la única de todos los sobrinos, que se preocupa y va a diario a ver cómo está y hacerle la cena. Pero el día que haya que heredar, vendrán los otros a por su parte. En el testamento están todos por igual.
Menos mal que un dinero que ella tenía me lo dio a mí para que lo metiera en el banco en el que trabajo. Lo puse en una renta vitalicia, que le da unos cuantos euros al mes, y en caso de fallecimiento va todo para el beneficiario. Nadie lo sabe, pero yo puse de beneficiaria a mi mujer.

18.-La luz (14/10/10)
Es curioso, esta tarde vi dos documentales en la tele. De los nosecuantos canales que recibe mi televisor, yo me quedo con un par de ellos. Aquellos en los que echan documentales. Los que vi hoy hablaban de la vida en la edad media, sin comodidades, sin adelantos, sin ordenadores ni internet.
Y es curioso porque a eso de las 9, en mi barrio se ha ido la luz. Yo estaba en internet y me he quedado a medias leyendo el correo. Como ya era de noche, no se veía nada y he tratado de encontrar la linterna. Me ha costado bastante.
Es curioso, hoy en día no se puede hacer nada en casa sin electricidad. Encendí algunas velas. Pero nada más pude hacer. La tele, el ordenador, hasta el teléfono, que es inalámbrico, todo deja de funcionar sin electricidad.
Lo peor es que no me pude hacer la cena. La vitrocerámica es eléctrica y el microondas también. Y tampoco pude hacer una hoguera, como hacían los medievales del documental.

19.-Aníbal (15/10/10)
Yo tenía siete años y Aníbal era un monstruo. Un gigante de anchas espaldas. Un tiburón de mandíbula de bulldozer. Nos tenía acobardados en el recreo.
Abría su bocaza y emitía un grito ensordecedor. Huíamos despavoridos. Mi pesadilla era Aníbal persiguiéndome. Tres metros de músculo y una cabeza como la cabina de un camión.
Pasaron treinta años y Aníbal encogió. Ahora yo le saco la cabeza, y eso que no llego al metro ochenta. Aníbal es un bonachón que sonríe por doquier y no es capaz de matar una mosca. Imposible.
¡Este no es mi Aníbal, que me lo han cambiado!

20.- Peldaños (16/10/10)
Siempre cuento esas escaleras, diez peldaños. El tramo justo a la salida del andén.
-Próxima Estación correspondencia con línea uno.
Un pequeño pasillo y ya están las escaleras. Diez peldaños. Hay más tramos, más arriba, pero yo sólo cuento estos diez primeros. Cuando llega el tren yo me escondo, para que no ma vea el maquinista. Y vuelvo a contar los peldaños.
En la parte de arriba hay carteles con los nombres de las estaciones. Y con indicaciones para encontrar la salida. El siguiente tramo tiene escaleras mecánicas.
Vuelvo abajo cuando dejan de pasar los viajeros. Y cuento: uno, dos, tres… hasta diez peldaños.

21.- El amado Geriontes (17/10/10)
Hoy no vendrás Geriontes, a cortejarme como solías. A pesar de los desplantes que te hacía, al principio. Me levantaba de la mesa al verte llegar, con gesto de desaire. Pero tú insististe.
Venías a visitarnos al final de la comida, a los postres. Saludabas a toda la mesa, pero sólo te fijabas en mí. Te acercabas por detrás y me susurrabas al oído. A mí se me ponía el vello de punta y el corazón a cien por hora. Luego, sin pedir permiso, te bebías un sorbo de mi café con leche. ¡Qué descaro!
A mi marido le entró un ataque de celos o de protagonismo. Y te asestó el primer golpe con el matamoscas. Cuando te habías posado cerca de la tortilla de patata. Podías haberle picado. Yo te hubiera dicho mil y un puntos de su fofa anatomía. Pero eres un caballero. Y en el amor, el que no gana, pierde.
Ya no vendrás, Geriontes a cortejarme. No te veré más con tu traje negro y amarillo.

22.- Terapia (18/10/10)
Gracias amigos. Gracias por leer y comentar mis relatos. Esas tonterías que escribo y que pensaba que a nadie le iban a interesar. Gracias porque me dais ánimos. Yo sigo escribiendo para vosotros, porque vosotros me lo pedís. Sigo escribiendo a diario gracias a vosotros.
El doctor dice que me viene bien escribir. No he vuelto a tener brotes. Me va a rebajar la medicación y me ha dicho que, si todo va bien, el mes próximo podré salir un ratito del siquiátrico.

23.- El mamilojo (19/10/10)
Los guateques eran lo más enrollado. Lo pasábamos pipa con Miki y con Manule, que traían siempre tías. Los cubalibres de ron y la sangría. El pickup y los singles. Y mover el esqueleto con aquellas canciones yeyés.
Miki y yo nos desgañitábamos cantando a coro las canciones de los Beatles.
“A guan chu da mon Rin ma fren
Guari guan chu filo ray.

…Gua chu moni. Moni que mamiló
El mamilojo, loojo.
El mamilojo, loojo. Ou. ”

24.- Sueños, sueños (20/10/10)
Anoche soñé que vivía con una bella mujer que me amaba. Culta, con la que podía hablar de cualquier tema. Soñé que tenía dos hijos guapos e inteligentes. Estudiosos y obedientes. Soñé que tenía un trabajo apasionante y bien remunerado. Que vivía en una bonita casa en el centro de la ciudad.
Todos los sueños terminan cuando suena el despertador. Hoy me he levantado de la cama y he mirado a mi alrededor. Junto a mí, dormida, una bella mujer. Sonrío y la beso suavemente antes de ir alegre a mi trabajo.

25.-Refugio de bucaneros. (21/10/10)
Un indio azteca de pelo negro, traje de alpaca, bigote breve y cigarrillo. Que mezcla el argentino y el uruguayo sin pudor alguno.
Una gitana malagueña delgada y fina. Alta como una jirafa. Que lee las manos y extravía doblones de oro.
Parecen inofensivos pero son más peligrosos que un barco pirata en medio del Caribe.
¿Qué me trajo a este refugio de bucaneros?
Un desengaño amoroso, un golpe de suerte desfavorable y la esperanza de una nueva vida. Eso fue. ¿Me arrepiento? ¡Nunca!
El calvo desdentado y con perilla me hace una reverencia. Y con sonrisa burlona me agasaja.
– Pase caballero, le estábamos esperando.

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FINAL (22/10/10)
El cinco era el número favorito de mi padre. Aunque su número de la suerte era el siete. A mí siempre me gustó más el cinco porque todos sus múltiplos acaban en cero o en cinco.
Qué mejor número que el 25, que es cinco por cinco. Acabo hoy, después de venticinco días ordenando letras y palabras para dar un veredicto diario.
El reto era 365, pero han sido 365 minutos. Los que me ha costado escribir esto, ya que he gastado unos 14 minutos diarios.
Por otra parte, 365 minutos son exactamente seis horas y cinco minutos. Aproximadamente lo que trabaja un oficinista español (ocho horas menos el desayuno y el periódico).
El cinco tiene muy mala rima, como dice un amigo mío algo ordinario. Pero he querido finalizar con un título de cinco letras.
Y hasta el 365 es múltiplo de cinco.

 

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