31.- Hoy he vuelto a pecar

31.- Hoy he vuelto a pecar

Padre, hoy he vuelto a pecar. Ya sé que tenemos prohibido entrar en la sala, pero no he podido evitarlo. La nave es muy fría, no sólo por la temperatura. También porque llevamos no sé cuánto a la deriva, a la espera. La gente se entretiene como puede. Unos en solitario, otros en grupo. Pero se nos acaban las ideas. Yo ya he leído todos los libros, jugado todos los juegos y visto todas las películas. Bueno, es cierto, todos todos no. Pero es que uno se cansa de todo, hasta de lo que te gusta.

Seguimos aquí encerrados, como ratones en una jaula. Como panteras recorriendo una y otra vez los pocos metros cuadrados de la estancia.

Hace tiempo que no esperamos nada nuevo de cada nuevo día. Otro día de aburrimiento. Las mentes simples de mis compañeros se calman durmiendo, dormitando o simplemente comiendo. Afortunadamente no tenemos alcohol, no sé como hubiéramos acabado si alguno que yo me sé le diera a la botella.

Yo no soy de esos, tengo que mover el cerebro, siempre estoy maquinando algo. La curiosidad me pica y no puedo evitarlo. Ya he desmontado y montado veinte veces todos los tornillos de mi camarote. Seguido todos los tubos de los pasillos. Catalogado los horóscopos de todos mis compañeros. Curiosamente la mayoría son géminis. ¿Qué pasará nueve meses antes?

Ya lo sé, padre, siempre me arrepiento, y siempre vuelvo a caer. Me pregunto por qué será, por qué nos empeñamos en pecar y pecar. Tal vez sea porque en el fondo no comprendemos la prohibición. ¿Qué mal hacemos? ¿Qué mal hago entrando en la sala y quedándome hipnotizado con las lucecitas? Pero no, no tengo que hacerme esas preguntas. Lo sé, lo sé, padre.

Sí, ya sé que no vale de nada cerrar la puerta. Que siempre encontramos la forma de abrirla o de acceder por otro lado. Es nuestra profesión: montar y desmontar cosas, buscar barreras y franquearlas. Abrir caminos, somos “trail blazers”, exploradores, buscadores de rutas.

Y ese es un reto ineludible. Nos atrae como a las moscas la bombilla. Las lucecitas que se encienden y se apagan. De colores, siguiendo patrones incomprensibles. Cuando cae la noche, como un sonánbulo, como un zombi, irremediablemente me levanto de mi camastro. Me deslizo entre las sombras. No puedo evitarlo, es más fuerte que yo. Como si estuviera programado para ello.

Padre, me arrepiento. Impóngame la penitencia, pégueme, enciérreme, maltráteme. Haga lo que esté escrito. La ley debe cumplirse. Póngame el collar de castigo que tanto daño hace. Pero por favor, por lo que más quiera, no me ignore.

 

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