32.- La cata

32.- La cata

Yo siempre he bebido vino. Desde crío, edades que ahora no son legales para el bebercio. Es una tradición ancestral. Ya mi padre y antes mi abuelo, surcaron la “senda de los elefantes” (que alegremente denominaban los parroquianos porque es dónde se encontraban las mayores “trompas”). Salían con los amigos a tomar un “cinco” o un “diez”. En la época de mis antepasados esos guarismos se referían al precio del vaso de vino: cinco céntimos el pequeño y diez el grande. Oye, céntimos de peseta.
No se planteaba ninguna otra variedad. Ni la yanky cocacola ni la nórdica cerveza. Aquellas tascas no tenían otra cosa: vino y tapas. Y paquetes de tabaco. Y aquellos vasos de cristal, gruesos, pesados. Con el reciclaje del vídrio, imagino que con uno de aquellos vasos harán una cristalería completa.
En el vino me inició mi abuelo, cuando me sacaba de paseo. Iba a los bares con sus amigos y charlaban de todo. Y a mí me daba la tapa: patatas, calamares o una rodaja de chorizo.
– ¡Que no pique qués pal chaval! – gritaba mi abuelo para hacerse notar. Y para presumir de nieto.
Yo, peinado a raya, mordisqueaba el embutido a metro veinte del suelo. Ese suelo lleno de desperdicios, servilletas de papel y colillas. El suelo era “la papelera más grande del mundo” en aquellos años canallas. Y el amigo listo de mi abuelo me hacía un juego con palillos.
Más tarde era yo el que acudía a las tascas con mis amigos. Y también tomábamos un “cinco” o un “diez”, pero ahora eran pesetas. El precio se había multiplicado por 100 de una generación a otra. Si la cosa siguiera la misma progresión, mi hijo tendría que tomar vinos a quinientas pesetas. Pero ya no hay pesetas, hay euros y quinientas pesetas son tres euros. ¿Quién pagaría tres euros por un vino?
¡Qué tontería! la gente ya no bebe vino en las tabernas. La gente bebe cerveza: cañas o cortos, o jarras o tubos o cachis. Los bárbaros del norte han invadido a los civilizados romanos. La rubia mató al tinto.
Y si se bebe vino ya no es de aquí, aquel vino casero de la tierra. Vino que traía el vinatero de su pueblo, hecho con las uvas de sus majuelos y criado en las bodegas excavadas en el suelo de sus colinas. Vino clarete, bastardo de mil razas, pisado con grandes pies cayosos de labrador. Los niños chupaban del porrón de vino nada más soltarse de la teta de su madre.
Ahora se bebe vino con pedigrí embotellado con etiqueta y fabricado en serie. El mismo en todos los bares. Impersonal, igual, democrático.
– Ponme un rioja.
Y te ponen un tinto que sabe diós de dónde vendrá. Se rumorea que la mitad de los riojas se hacen con uva de Valdepeñas. Y el cliente se da importancia ante los asistentes: no bebe vino, bebe rioja, que es de mucha categoría.
Pero eso no es vino, a mí no me gusta ese vino. El vino tiene que ser claro, sin taninos ni mariconadas. Sin maderas ni frutos del bosque. Ni hojarasca ni recuerdos de panadería. El vino sabe a uva y a alcohol. El vino sabe a vino y huele a vino. Y si te trae recuerdos de algo, son recuerdos de bodega, de humedad, de bota de cuero, de meriendas con tortilla y con jamón, de canciones obscenas, de disputas estúpidas, de amistades inquebrantables y de resacas monumentales que desaparecían al día siguiente.

 

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