El caballo de copas

Otra entrega de la serie “Triunfos”

El Caballo de Copas

¿Cuántos caballos tiene tu coche? Da igual, el suyo tiene más. Roberto siempre ha sido un aficionado a los coches. O un “pirado” de los coches.

Ya de niño se conocía las marcas, los modelos y las principales características de todo lo que va sobre ruedas. Daba la lata a sus compañeros de clase explicando las diferencias entre éste y aquél. Lo vivía.

Por eso no nos extrañó cuando se nos presentó con aquel cuatrolatas y el carné recién sacado. Ese fue el primero de una larga lista de automóviles. Le encantaba llevarnos de paseo en su coche. Y a nosotros que nos llevara. Nos montábamos seis, siete, ocho… y bajábamos las ventanillas. Y cantábamos a grito “pelao” las canciones que reproducía el radiocasete, fumando nuestros primeros cigarrillos y soltando improperios a las chicas peatonas.

Con Roberto íbamos de copas a las fiestas de los pueblos. Y nos poníamos ciegos. Roberto también. No importaba, Roberto controlaba. Alguno decía que incluso conducía mejor con unas copas. Era muy responsable.

Con su primer “curro” sacó para apañarse un Golf. El modelo GTI que era el que molaba. Y lo llevaba impecable. El día que lo estrenó nos fuimos de cañas y lo “inauguramos” con un mini de cerveza. Roberto se enfadó: era un sacrilegio. Pero luego se le pasó, y nosotros entendimos que con su “buga” no se podían hacer bromas. Ese coche le duró bastante y estoy seguro de que es el que más ha querido en su vida y del que se despidió con más pena.

A medida que ascendía por el escalafón social fue aumentando el pedigrí de sus caballos. El siguiente fue un deportivo coreano, rojo brillante, espectacular, “full equipe”. Su potente motor sonaba de maravilla y todas las cabezas se volvían a su paso. Sin embargo Roberto se quejaba de que no tenía “patada”, que le faltaba el brío de su querido golf.

Después le perdí la pista, cuando tuve que mudarme por motivos de trabajo. En nuestro siguiente encuentro ya montaba un auténtico pura sangre: un maserati de segunda mano que, aunque antiguo, tenía la prestancia de antaño. Recordamos viejos tiempos mientras me daba una vuelta con la capota recogida. Por un momento me acordé del cuatrolatas y el aire dándome en la cara con medio cuerpo asomando por la ventanilla. Me dijo que el maserati era un coche caro, que estaba hecho una tartana, y que cada pequeña reparación le costaba un riñón. No le iba a durar mucho, había sido un capricho en tiempos de bonanza, y nada más que eso.

Más tarde se trajo un mercedes de Alemania por la mitad de lo que le había costado el maserati. Era un coche mucho más seguro y más económico de mantener.

Al mes siguiente me llamaron del hospital. Roberto había ido de cena con unos colegas. Como siempre el coche lo llevaba él. Como siempre comieron opíparamente y a los chupitos invitó la casa. Roberto, como siempre, condujo mejor con unas copitas y ya de vuelta iban contentos los cuatro pasajeros. Roberto no corría, estaba paladeando la suavidad de conducción de su cochazo. Y en esto, les pasó un Seat León.

Alguien dijo: “joder, Roberto, tanto mercedes y te adelanta un seat”.

La testosterona española es posiblemente la más rápida del mundo. Basta una ligera insinuación y se dispara y se reparte por el riego sanguíneo. No hizo falta más, una fracción de segundo y Roberto batió el record de velocidad.

El cabo de la Guardia Civil dijo que el nivel de alcoholemia rebasaba la tasa. Que la velocidad superaba el límite. Y que las ruedas habían traspasado la divisoria.

Roberto y los colegas hubieran salido despedidos en el maserati. Sin embargo, los siete airbags del mercedes saltaron a tiempo, abrazaron a los pasajeros y les salvaron la vida.

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