La sota de bastos

La sota de bastos 
Con sus uñas de porcelana y esa estrellita en la del anular. Con esos diminutos pendientes de oro con forma de oso de peluche. Con su uniforme azul y esa sonrisa amable, ¡Quién la reconocería!
Entre los diez y los doce sembró el pánico en el barrio. Ella era un “chicazo”, uno más de los chavales que hacían travesuras en el vecindario. Pero ella no actuaba en grupo. Era un animal salvaje. La que más corría, la que más rápido trepaba a los árboles, la que más alto gritaba. Se pegaba con todos y siempre ganaba. Eran famosos sus patadas y sus mordiscos. Y letales sus puñetazos. Se limpiaba los mocos con la manga y fumaba las colillas que recolectaba del suelo.
Escupía por el colmillo con más arte que Clint Eastwood. Y despreciaba a los chicos, por blandos; y a las chicas, por amaneradas y ridículas.
Un animal salvaje y libre.
Y ahora me sonríe, con la cara limpia y la piel morena. No necesita maquillaje.
Un año, ella y su familia desaparecieron del barrio. Se mudaron de casa y posiblemente de ciudad. Nunca supimos nada de ellos. La paz volvió al barrio, al menos entre los muchachos. La vida continuó, plácida. Crecimos, algunos se fueron a estudiar o a trabajar fuera. Otros nos quedamos. Algunos volvieron, otros no.
Y, sin querer, llegamos a edades melancólicas, en las que echamos de menos nuestra infancia, alegre y despreocupada. Y yo, más de una vez me acordé de aquella chica silvestre. Y creí verla, veinte años mayor, en alguna mujer fumadora, de voz ronca, bien vestida y malhablada. Ese tipo de mujeres que confunden campechano con chabacano. Que presumen de dinero y de joyas y adolecen de educación. Porque piensan que ser natural es ser basto, ordinario, soez. Las que en las cenas con amigos se llevan con “elegancia” el cuchillo a la boca, y cuando hay que recoger se quedan sentadas, como si hubieran tenido servicio en casa de toda la vida. ¡Qué equivocadas están!
Y qué equivocado estaba yo, buscándola donde no estaba. Y ahora que la encuentro, me quedo sin palabras. Ella no me reconoce, ¡cómo iba a hacerlo si yo no era nadie! Ni siquiera me peleé con ella, ni me atrevía a acercarme.
Ahora me sonríe con su uniforme azul. Que cubre esos brazos capaces de inmovilizar a un hombre adulto. Y en el que lleva prendida en el pecho esa plaquita con su nombre. Se la ve segura en su trabajo, lleva tiempo en ese puesto. El joven novato la obedece a pies juntillas mientras ella pasa sus dedos raudos por el teclado, sin dejar de sonreir.
– Saca fotocopias y dale los originales al señor. – ordena suavemente.
Termina de escribir, imprime, firma y sella “…ante el Instructor y Secretario arriba mencionados, comparece en calidad de denunciante, quien mediante DNI acredita ser…” Nunca había visto una cosa tan guapa en las dependencias de la comisaría.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s