El caballo de bastos

El caballo de bastos

Hacía una noche magnifica. El cielo estaba despejado y lucía una luna casi llena. Nuestro hombre caminaba despacio por la acera. Se había despedido de sus compañeros apenas unos minutos antes. Notaba el leve mareo producido por el ribera y los chupitos. Una sensación que le transportaba a tiempos pasados. Y entonces se acordó de Gloria. El amor platónico de su juventud. Su único amor platónico, tal vez su único amor.

La conoció en la piscina del club de tenis cuando él tenía catorce y ella no debía sumar más de doce años. Con aquella sonrisa y aquel bañador azul claro. El corazón le dio un vuelco. Volvía todos los días con la esperanza de poder verla. Soñaba con ella todas las noches. Fue un verano especial.

Años más tarde, cuando su padre montó la consulta privada y empezó a ganar dinero, y a relacionarse. Cuando se hizo socio de todos los clubes, incluido el de tenis. Y tomaba café y se codeaba con ricos e influyentes. Buscando clientes y aliados. Fue entonces cuando la volvió a ver, su padre se la presentó.

– Es la hija de estos amigos. Debe ser de tu edad. Seguro que hacéis buenas migas.

Él se puso colorado y sonrió mientras se despedía con disculpas poco creíbles. Era una niña bien de buena familia. Padre rico con Mercedes y reloj de oro. Y él un chaval de barrio, gamberro y malhablado y algo macarra. Por muy hijo que fuera del doctor Hernandez, era nefasto en los estudios. Y su porvenir era incierto.

Nuestro hombre sonrió, respirando el aire fresco de la noche. Como aquella noche de fiestas, de hacía veinte años. En la que a punto estuvo de conseguirlo. Un baile, una copa, una conversación breve. No se atrevió. Ella le miraba con los ojos muy abiertos. Con esa sonrisa perfecta. Receptiva. Esperando su reacción. No se atrevió. Pensó que habría más oportunidades, que era demasiado precipitado. Y al mes siguiente ella se fue a estudiar a Madrid.

Aquella noche él volvió a casa feliz, respirando el aire fresco de la noche. Una noche como la de hoy. Con estrellas y con luna. La cena había sido agradable, con los compañeros del trabajo. El próximo harán veinte años en la oficina y esa sí que hay que celebrarla.

Él, que se creía poca cosa, y ella acabó casándose con su amigo de la infancia: con Juanín. Aunque tampoco duraron mucho. Si hubiera sido él, no la hubiera dejado escapar.

La noche era perfecta. El aire fresco le había despejado. Como veinte años atrás, volvía a su casa contento, como en una nube. Saltando y bailando por las desiertas aceras. En unos minutos estaría de nuevo en casa. Marta ya habrá acostado a los niños.

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