El mazo de la baraja

El mazo de la baraja

A mis noventa y cuatro años sigo recorriendo a diario el kilómetro y pico que separa mi casa, en el centro del pueblo, de la bodega junto a la alameda. Voy a rellenar la garrafita con el vino para comer y cambio el porrón nuevo por el viejo. A la vuelta me paso por la huerta y reviso los pimientos y las cebollas. Una vida plácida que llevo arrastrando con tozudez desde siempre.
Antes fui labrador y trabajé de sol a sol cuando apenas había maquinaria de labranza. Trabajé como un asno. Como todos los mozos de mi quinta, de los cuales no quedo más que yo. Y siempre he vivido en el pueblo. Apenas he salido un par de veces a la capital por causas de fuerza mayor, pero eso no es para mí. Sin la huerta y la bodega no soy persona, no sé qué hacer.
Y sin la partidita de cartas en la cantina de Eutiquio no creo que hubiera mantenido la lucidez que conservo.
Hoy viven conmigo mi hija y su marido, otro labrador tozudo que ha heredado mi oficio y mis artes. Y mi nieto Adrián, que es mi confidente y mi colega.
Precisamente con Adrián me embarqué en la tarea de seguir la pista a mi descendencia. La mayoría de ellos no aparecen ya por el pueblo, parece que se avergonzaran de su origen rural.
Adrián y yo repasamos las andanzas de cada personaje y les adjudicamos un nombre en clave. Para que yo lo recordara bien Adrián les relacionó con una carta de la baraja. Empezamos por los triunfos, que son más gráficos.
Con los datos que yo le iba dando, Adrián programó viajes a la capital en los que hizo pesquisas e investigaciones. Sus informes los corroboraba conmigo e incluso aportaba fotos y recortes de periódico. Todo ello lo guardo en el desván, junto con una vieja baraja, en un cajón con llave y sólo lo saco cuando me reuno con Adrián para poner en orden nuestro trabajo.
El rey de oros es mi hijo el mayor, el que mandé a estudiar a un internado cuando tenía nueve años. Y gracias a su tesón y su cabeza logró acabar medicina con beca. Ahora es “el doctor Hernández”, un tío importante. Y casi ni se acuerda de su padre.
El rey de espadas es Gerardín, el hijo de Gerardo que fue amigo mío cuando mi producción de vino era famosa en toda la provincia. Venían hasta de Madrid a comprarme unas botellas, porque mi clarete era artesanal y muy sano, además de riquísimo. Gerardo padre era el chófer de un hombre importante de la capital, que pasaba a menudo por el pueblo en sus desplazamientos a Madrid. Aprovechaba la parada para comer el lechazo de Eutiquio y llevarse varios litros de mi vino “para regalar” decía él.
Gerardo se hizo amigo mío y me traía gente de postín que quería vino de la tierra. A cambio, él se quedaba con unos dinerillos.
El rey de bastos es mi otro hijo, Agustín. Hijo no reconocido por mí, fruto de una aventura loca cuando mi mujer estaba enferma y yo era joven todavía. Vendí unas tierras justo antes de la concentración parcelaria, y ese dinero lo empleé en silenciar mi pecado. La madre de Agustín lo cogió y se fue a la capital a iniciar una nueva vida. Y Agustín acabó regentando un bar.
El rey de copas es mi nieto Juanín, hijo de Agustín y que elevó el negocio de su padre del nivel de “simple bar” al de “vinoteca”. Y de ahí a un pequeño emporio de locales de ocio.
El caballo de oros es mi nieto el gamberro. El que con más frecuencia viene por el pueblo y se pasa buenos ratos con su abuelo en la bodega. Es el segundo del médico y al que más quiero, después de Adrián, claro está.
El caballo de copas es Roberto, el hijo de Gerardín y nieto de Gerardo. Él no sabe que su abuelo era amigo y socio mío y tampoco lo sabe su mujer que es mi nieta.
El caballo de bastos es mi nieto el soso. El hemano mayor del caballo de oros y el hijo del rey de oros. Es buen chaval pero salió a su padre, en lo aburrido, no en los estudios, que el pobre no estudió nada. Es un oficinista que ha dejado pasar su vida sin una triste aventura.
El caballo de espadas es sobrino nieto mío pero por esa rama nos queda mucho que investigar a Adrián y a mí. Espero tener salud para llegar a desintrincar esa relación. Él, dicen que es medio gay, pero para mí que es una tapadera. De hecho está casado o “arrejuntado” con una chica. Así que muy gay no puede ser.
La sota de oros es una chica de buena familia de la capital. Su abuelo era el que paraba a comprarme el vino, cuyo coche conducía Gerardo. Estuvo casada con mi nieto Juanín y su hija es, por lo tanto, biznieta mía.
La sota de copas es precisamente esa biznieta. Como su abuelo es hijo ilegítimo mío, no tenemos relación ni posibilidades de tenerla. Yo sigo de cerca su carrera como deportista, Adrián me trae recortes de periódico donde salen sus hazañas. Seguro que llegará a ser una gran tenista.
La sota de espadas es mi nieta “pinchamé”. Hija de mi hijo el médico y mujer del nieto de Gerardo. ¡El mundo es un pañuelo!
La sota de bastos es la “compañera”de Juan Luis, el caballo de espadas. Son la pareja más pintoresca y la que más nos maravilla a Adrián y a mí. Son tan distintos que no sabemos cómo han llegado a encontrarse.
Adrián dice que con estos personajes se podría escribir el guión de una película. Que sus aventuras serían un éxito en la pantalla. Yo no creo nada de eso, ¿a quén le va a interesar la vida de mis nietos? De momento sólo me interesa a mí. Me sirve para entretenerme, para pasar más tiempo con Adrián y para darle un sentido a mi vida, que sin estos trabajos ya no le queda nada.
Espero llegar a los cien años y sería una sorpresa que se reunieran mis “triunfos” a celebrar el cumpleaños conmigo. Por ahora sólo deseo vivir lo suficiente como para poder rematar los flecos que le quedan a esta historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s