Arthur

Arthur

Pero mira cómo beben

No sé qué extraña fascinación ejerce Arthur sobre mí. Le veo en mi cama, dormido, y casi me parece guapo. Sus ronquidos me parecen armoniosos. Su barba mal afeitada se me antoja terciopelo.

¿Cómo nos conocimos? Apenas me acuerdo. Me habló de estrellas y constelaciones, de las fases de la luna. Era tan romántico. Sus manos finas. Su pelo suave. Tan indefenso.

Me hacían gracia sus mentiras, tan inocentes. Fuimos al cine y después, me dejó embelesada con sus explicaciones, sus conocimientos, sus teorías, su cultura. Ignorante yo.

Yo, una funcionaria solterona de cierta edad. A la que ya, prácticamente, se le había pasado el arroz. Media vida estudiando Derecho y oposiciones. Y otra media memorizando las ordenanzas. Leyendo novelas de amor y prensa del corazón.

A la tercera cita, y después de invitarle a una hamburguesa, se vino a dormir. A Luisa, mi compañera de piso, él nunca le cayó bien. Pero no me decía nada por no herirme. Me veía tan ilusionada.

Al final, Arthur se quedó a vivir y Luisa se mudó a otro piso, y le perdí la pista.

Ya no sé si es guapo o no, no soy imparcial. Pero lo cierto es que tiene mucho éxito con las mujeres. Tiene cantidad de amigas. Y curiosamente pocos o ningún amigo.

Lee mucho y sabe de todo. Y explica tan bien las cosas.

A veces le dan depresiones y no quiere salir de casa. Es una enfermedad que le impide trabajar. Antes de que le dieran la baja permanente era sindicalista y tuvo que viajar por toda España. Y luego le entró la depresión.

Cuando está bien es normal, incluso muy inteligente. Pero cuando le dan los ataques se pone fatal. Le duele muchísimo la cabeza y se pone a llorar como un niño.

Yo le hago un caldito y se lo doy a la boca, porque él con la tembladera que le entra, es incapaz.

Salgo a hacer algunos recados y vuelvo rápido a casa. No me gusta dejarle solo en casa. Me necesita a su lado. Aunque él se entretiene solo, con sus colecciones. Sobre todo la de monedas y la de sellos. Los cuenta y los reordena, se pasa las horas muertas. Yo no me meto en sus cosas. Una vez le compré unos sellos para su colección y no le gustó. Me llamó inútil y estúpida. Y tiene razón. Yo no soy tan lista ni tan culta como él.

Arthur es como un gatito abandonado y herido que te encuentras en la calle. Lo llevas a casa, lo curas, le das de comer y cariño. Y él, a cambio, te paga con su indiferencia. Le quieres porque sabes que no es malo, que es un ser indefenso que se hace el fuerte sacando las uñas. Cuando todos sabemos que es inocuo. Pero su enfado le hace sentirse importante, imponente.

Se enfada si no me quedo en casa con él, aunque no quiere que le moleste cuando está haciendo sus cosas.

A veces viene alguna de sus amigas a verle. Se encierran en su habitación y yo me quedo en la salita viendo la tele. Desde allí oigo sus risotadas, se lo deben estar pasando muy bien. Luego, al rato, se abre la puerta y la amiga se va, todavía excitada y un poco despeinada, sin dirigirme siquiera la palabra. Y yo sigo viendo la tele.

Ya no le pregunto qué es eso tan divertido que hacen en su habitación. No quiero que piense que me inmiscuyo en su área personal, que pretendo violar su intimidad. Yo sólo quiero que mi Arthur esté bien. Y la risa le hace mucho bien.

Cuando le dan los ataques la única que está al pie del cañón soy yo. Las amigas ni aparecen. Yo le limpio las lagrimas y le sujeto la cabeza. Le baño, le cambio y le doy de comer. Como una enfermera. Nunca tuve vocación de sanitaria ni de canguro. No me gustan los niños, ni los viejos babosos. Pero Arthur… es tan frágil.

Las temporadas que no tiene recaídas salimos a pasear al parque. Como una pareja normal. Como un matrimonio. Yo hago planes en voz alta. Viajes a Europa y América. Y el silba animado al compás de nuestros pasos. Luego, le pregunto que qué le parece, y él siempre me responde: “ya veremos”. Es como si siempre estuviera esperando que ocurra algo. Algo estupendo o algo terrible. Una cura milagrosa o el derrumbamiento definitivo. Por eso no le gusta hacer planes. Vivamos al día.

Él no lo sabe, pero su exigua pensión no da para los gastos de la casa. A él nunca le ha preocupado el dinero, no es nada materialista. Por eso yo le tengo que meter algún que otro billete en los pantalones, mientras duerme. No hay mayor humillación para un hombre que la de no tener un chavo para gastarlo con los amigos. Arthur se moriría si supiera que no dispone de fondos, que tengo que pagarle yo sus caprichos. Pero él no es materialista, no le preocupa el dinero. Se entretiene con sus libros y sus colecciones.

Temprano por la mañana, antes de ir a trabajar, entro en su habitación mientras duerme y le doy un beso en la frente. Sin que se entere, porque dice que las muestras de cariño son muestras de debilidad. A media mañana me escapo de la oficina para despertar a Arthur y desayunar con él. Afortunadamente mi oficina está a la vuelta de la esquina. Después, le dejo ordenando sus monedas o leyendo un libro raro. Al mediodía llego a casa y preparo algo de comer para los dos. Arthur sigue leyendo, en pijama, hasta que se sienta a la mesa.

Alguna vez hemos salido con otras parejas. Matrimonios de mi oficina. Arthur es encantador y fascinante en esos encuentros. Hablador y divertido se los gana enseguida. Sobre todo a las mujeres. Saca temas apasionantes que domina gracias a su vasta cultura. Pero si la reunión se alarga y tomamos alguna copita de vino, se vuelve cínico y sarcástico con los maridos. Les pone en aprietos haciéndoles preguntas complicadas. Y se ríe en sus caras cuando admiten su ignorancia. Yo, trato de cambiar de conversación o simulo una jaqueca para que nos vayamos a casa. Lo paso fatal.

Últimamente he descubierto que Arthur me quita cosas. Al principio creía que era yo la que las extraviaba. Pequeñas cosas como bolígrafos o alfileres. Luego empezaron a faltar vasos y cubiertos, no muchos. Casi ni se notaba. Cuando le pregunté , Arthur se puso sospechosamente nervioso. Tartamudeó algo inconexo y se encerró en su cuarto. Fue el principio del fin.

Me propuse averiguar qué era lo que estaba pasando. Vigilarle sin que se diera cuenta. Me pedí un par de “moscosos” y no se lo dije. De tal manera que, en lugar de ir a la oficina, me iba a casa de la vecina, a la que había “compinchado” conmigo diciéndole que le preparaba una sorpresa a Arthur.

Una media hora después de salir yo, Arthur hacía lo propio. Abría la puerta despacio y salía completamente arreglado a la calle. Arreglado al estilo Arthur, o sea: bastante desarrapado, despeinado y con un pitillo en la boca. ¡Y yo que creía que había dejado de fumar!

Veinte minutos antes de mi hora del bocadillo volvía a toda prisa, se desvestía y se metía en la cama haciéndose el dormido. Para que yo le despertara con el desayuno preparado.

Podía haber investigado más. Averiguar a dónde iba todas las mañanas. A quién veía, a quien entregaba el botín de sus pequeños hurtos. Y qué obtenía a cambio. Podía haberle puesto en evidencia llegando a casa antes que él o siguiéndole y desenmascarándole. Pero no lo hice. No me hubiera llevado a ninguna parte. Bueno, sí, me hubiera devuelto a mi vida aburrida e insulsa de vieja solterona.

Ya sé que Arthur y yo no nos casaremos nunca. Él es un espíritu libre. Y tampoco tendremos hijos. Arthur sería un pésimo padre. Pero yo estoy bien así. Siempre que Arthur esté bien.

Su aliento me huele a perfume, aunque acabe de tomarse su copita de coñá. Sus reproches son música a mis oídos. Y cuando está tranquilo y me habla de los libros que ha leído y me explica el sentido de las cosas, me hace sentirme tan insignificante, tan ignorante. Y tan orgullosa de lo listo que es mi pequeño Arthur.

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