Reencarnación

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En mi primera reencarnación nací en África. Vivía en una choza con mis siete hermanos y me pasaba el día correteando descalzo por el suelo de tierra. Cuando cumplí la edad suficiente mi padre me llevó aparte y me dijo:
– Eres el más fuerte de tus hermanos y Alá te ha elegido para que busques una nueva vida. He estado hablando con los hombres de la ciudad y me han dicho que en la tierra de los fantasmas blancos la gente vive bien todo el año, sin pasar penalidades. Has de ir y buscar un futuro mejor para ti y tus hermanos.
Me dio todo el dinero de sus ahorros y me fui hacia el norte. Viajé durante semanas cruzando países y tribus. Llegué a la costa y pagué al negrero el pasaje hacia el paraíso. Tras una semana de hambre y frío, nuestra embarcación se hundió y morimos todos.
Mi segunda reencarnación fue en un poblado africano. Dormía en el suelo polvoriento con mis cuatro hermanos. Correteaba descalzo y saludaba con la mano a los musungu que pasaban veloces en sus jeep, levantando una nube de polvo. Cuando llegué a la mayoría de edad mi padre me dio todos sus ahorros para que fuera a la tierra de los blancos, a buscar una nueva vida para mí y mis hermanos. En la ciudad conocí a otros dos muchachos haciendo el mismo viaje. Fuimos juntos al negrero y embarcamos hacia el paraíso. Sólo llegamos vivos Abdul y yo. Al llegar a tierra me escapé y huí al monte. Estuve una semana vagando y comiendo frutos silvestres. Me caí por un barranco y me partí una pierna. A los dos días moría de frío y desangrado.
La siguiente reencarnación nací en una familia pobre. Mi padre estaba siempre borracho y sólo aparecía por casa para dormir y pegar a mi madre. En uno de sus pocos momentos de lucidez me cogió aparte y me dijo:
– Tienes que salir de aquí. Tienes que irte al mundo de los payos. Ellos tienen el dinero y las oportunidades.
Así que cogí todo el dinero que había ahorrado mi madre y me fui al norte. Me establecí cerca de la gran ciudad trapicheando mandanga junto a una discoteca. Engañaba a los pijillos que acudían en los coches de sus padres y con el dinero de sus padres. Les quitaba el dinero, a veces por las malas. Un día me estaban esperando unos sudacas, que me dejaron tirado en el parking con cuatro puñaladas, sin dinero y desangrándome.
Mi siguiente reencarnación tuvo lugar en un barrio obrero de Madrid. Mi padre trabajaba en la construcción y mi madre fregaba escaleras. En la escuela pública se dieron cuenta enseguida de mi potencial y nos propusieron la beca de estudios. Fui a la universidad y me licencié en derecho y en ciencias del trabajo. Me enrolé en un sindicato para defender al obrero. En una manifestación, cuando iba a apagar un contenedor, una pelota de goma me dio, con tan mala fortuna que al caer me golpeé en la cabeza y quedé en el acto.
Mi siguiente reencarnación fue en Logroño. Mis padres eran los dos funcionarios. Yo, siendo hijo y nieto único, no me privaba de nada. Mi padre, viendo la crisis tan grande que se vivía en España, me mandó a Francia a estudiar el idioma. A los tres meses de estancia me detectaron un cáncer de huesos. Volví a casa para pasar los últimos días junto a la familia.
La siguiente fue en París. Mis padres, emigrantes españoles, trabajaban de guardeses en la mansión de un rico hombre de negocios. Mi madre llevaba la cocina y la casa. Mi padre el jardín y los arreglos. Y a veces hacía de chófer. Mi hermana y yo jugábamos y nos bañábamos en la piscina con los hijos del amo. Hasta que a mi hermana le dio un ataque epiléptico y se ahogó. El jefe, para compensar, me pagó la carrera de arquitecto. El día que me dieron el título me dejó las llaves del maseratti. Conduciendo a toda velocidad por París, fui feliz. Entré demasiado rápido en el túnel, perdí el control y me estampé contra una columna. Los siete airbag no fueron suficientes.
La siguiente fue en Luxemburgo. Mi padre, el rico heredero sueco de un imperio empresarial familiar. Mi madre, catedrática de español y traductora oficial de la embajada española. Entre ellos hablaban en inglés. Yo a los diez años hablaba perfectamente sueco, español, inglés y francés. Mi padre quiso que fuera a la universidad en Berlín, aunque mi madre prefería la Sorbona. Pero era importante aprender alemán y conocer el país. Allí hice buenos amigos de familias acomodadas. Una noche apareció mi cadáver en el servicio de señoras de un sórdido cabaret. Con una sobredosis de heroína adulterada.
En la siguiente reencarnación nací en los suburbios de una ciudad alemana. Mi padre trabajaba en una factoría de Volkswagen. Mi madre en una tienda de ropa española. Mi padre odiaba a los franceses y decía que los turcos y los españoles eran los culpables de todo lo que nos pasaba. Cuando tuve la edad suficiente me apunté a un grupo neonazi. Rápido destaqué por mi arrojo, mi valor y mis ideales. Todos los sábados salíamos a armarla por el centro. Gunter y yo lo organizábamos todo. Aquel día Gunter estaba guapísimo con su uniforme negro. La policía nos rodeó pero yo no me iba a rendir. No delante de Gunter. Saqué mi pistola y avancé decidido hacia aquel poli. Era moreno, seguro que era moro. Cuando estaba a tres metros me acribillaron a balazos.
Y ahora estoy aquí. No sé bien donde, pero debemos ser quinientos o seiscientos pollos en la jaula. Todavía no tengo claro mi sexo. Y creo que de ello dependerá mi futuro. Si soy hembra puede que sobreviva como ponedora. Encerrada, comiendo y poniendo huevos. Pero como sea macho, lo más seguro es que me ceben y me sacrifiquen para muslos y pechugas. Hubiera preferido correr descalzo por el polvo.

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