Coleccionistas

DSCN1880 blogAl poco de acabar la escuela, y tras un tiempo ayudando en la confitería familiar, mi padre me mandó a la capital a trabajar en la fábrica de galletas de un amigo suyo. Quería que conociera mundo y aprendiera a manejarme antes de volver al pueblo y hacerme cargo del negocio.
Mi padre de dió unas pesetas, una maleta gris y la dirección de su prima Maruja, que regentaba una pensión en la ciudad. Allí fue donde me instalé.
La pensión de la tía Maruja era un piso grande en una casa vieja de un barrio rancio. La frecuentaban viajantes que pernoctaban un par de días en sus periódicas visitas a las casas centrales. Algún que otro estudiante que preparaba oposiciones al ministerio y poco más.
A mí me venía bien porque no conocía a nadie en la capital. Era prácticamente la primera vez que salía del pueblo.
En la capital todas las distancias son largas y hay que coger algún transporte. Yo me levantaba temprano para ir a la fábrica. Diez minutos andando hasta la parada y media hora en autobús.

En la pensión coincidí con Perico, que era un muchacho de mi edad, y también de un pueblo. Trabajaba en la construcción y ganaba dinero. Tenía un radiocasete que había comprado en “decomisos”, y casi todos los días después de la cena nos juntábamos en su habitación a charlar y oir música. Tenía una buena colección de cintas, muchas grabadas de la radio. Me ponía a Pink Floyd y sobre todo a los Rolling que era su grupo preferído. A las 12 nos despedíamos pues ambos teníamos que madrugar.

Durante el trayecto de la pensión a la fábrica me daba tiempo a pensar en muchas cosas. Al principio me quedaba extasiado mirando los edificios, las avenidas, la multitud y los coches. Siempre me han gustado los coches. De pequeño, mi padre me llevaba a la gasolinera del pueblo a ver los coches que paraban a repostar. Yo me sabía de memoria todos los modelos de Renault: el 4, el 8, el 10. El cuatro era mi favorito. Y los de Seat y los de Citroen.

En la capital hay muchos coches pero yo me centré en los autobuses. Esos autobuses urbanos que, cada uno con su número, deambulaban por las calles transportando ciudadanos. Autobuses azules y rojos. Yo me fijaba en los números impresos en su carrocería. El más obvio era el número de línea, que indicaba el recorrido. Pero había más números, que indicaban el modelo. En esos me concentré: el 5020, el 6050, el 6038. Buscaba las características
diferenciadoras y llegué a ser un experto. Eso me entretenía en mi viaje diario al trabajo y de vuelta a casa.

Perico tenía más de cincuenta cintas en la estantería de su habitación. Pero no había comprado ninguna. Las robaba en los grandes almacenes. Era un experto. Y luego apuntaba en una esquina de la carátula: “robada en Galerías Preciados” o lo que correspondiera. Llevaba un control exhaustivo de sus operaciones.
Yo era incapaz de hacer lo que hacía Perico. Nunca tuve el suficiente valor como para robar nada. Una vez lo intenté y me puse tan nervioso que me vi obligado a salir corriendo dejando abandonado el bolí BIC en el suelo de la tienda. Me pasé 3 horas caminando sin parar, y aún así aterrorizado de que me hubiera seguido la dependienta.
Siempre fui un cobarde. Lo que también me maravillaba era lo ordenado que era Perico. Y lo seguro de sí mismo que estaba siempre. Como si siempre supiera lo que había que hacer.

En la habitación de Perico oíamos sus cintas y los programas musicales de la radio. Descubríamos juntos nuevos grupos y nuevos discos.
Con mi primer sueldo, yo también me compré un radiocasete. No tan bueno como el de Perico, pues me daba reparo superar al maestro. Y él me dejaba alguna cinta para oirla en mi habitación, por la noche, bajito para no molestar a los otros clientes.
Y en mi diario trayecto a la fábrica tarareaba mentalmente las canciones escuchadas la noche anterior. Miraba por la ventana del autobús e identificaba correctamente cada modelo de autocar que veía. Esperando con nerviosismo descubrir uno nuevo. Uno que no tuviera catalogado en mi mente. Pero la empresa municipal de transportes no parecía dispuesta a invertir en nuevos modelos desde el 6038. Los 5020 se estaban quedando anticuados y eran sustituídos por los más modernos de la serie 6000, rojos, cuadrados y funcionales. Con una diminuta palanca de cambios, que más parecía el mando de una máquina de marcianos. Y en los que la función del cobrador la desempeñaba el mismo conductor. Curioso, ahora sí que se podía “hablar con el conductor”.

Más de una vez estuve tentado de escribir todo lo que había aprendido de los autobuses urbanos, simplemente por medio de la observación cotidiana. Pero al igual que mis repetidos intentos de mantener un diaro personal, no llegó a ningún puerto.
Llegaba cansado a la pensión todos los días y con pocas ganas de nada. Salvo bajar al bar a tomar una caña con Perico y charlar. Charlar apoyados en la barra metálica y bajo la mortecina luz de los fluorescentes de una cervecería de barrio. Con olor a fritos y a olivas. Y, de vez en cuando, me regalaba con un bocadillo de calamares, que para mí, acompañado de una caña bien tirada, era el mejor de los manjares.

Aquél fue un año mágico. Especial, sobre todo para un muchacho de pueblo como yo. Si mi padre hubiera tenido tierras o dinero yo tal vez hubiera podido estudiar una carrera. En la escuela se me daban bien las matemáticas y me gustaba leer. Pero mi destino estaba en la confitería del pueblo. Tenía que volver para hacerme cargo pues mi padre ya no podía llevar el negocio él solo.
El día que nos despedimos, Perico me regaló la cinta de “More” de Pink Floyd. Estaba envuelta en papel de regalo, pero yo sabía que no la había comprado. Perico era muy minucioso, pero un poco manazas para la papiroflexia. Y el envoltorio lo demostraba. Nos abrazamos en la estación de autobuses y prometimos escribirnos.
Me subí al coche de línea, uno de tantos en aquel inmenso hangar. Aquello era una orgía de marcas, modelos y carrocerías de todos los colores. Nuevos y viejos. Los diez minutos que tardó en arrancar el mío me los pasé anotando mentalmente todos los diferentes vehículos que mi vista alcanzaba a identificar. La mayor parte de ellos nuevos para mí.
Atravesamos la gran ciudad antes de tomar la carretera que me devolvería a mi querido pueblo. Y en ese último trayecto urbano fui despidiéndome de cada viejo 5020, de cada esbelto 6038. Como si fueran compañeros de colegio, colegas que no volvería a ver hasta años después.

Horas más tarde, mi padre me recogía en la gasolinera del pueblo, donde tenía su parada el coche de línea.
– Habrás aprendido mucho. – me dijo mi padre, refiriéndose, claro está, a la fábrica de galletas.
Yo le hablé de la gran ciudad, de sus edificios gigantes, de la pensión de la tía Maruja y de mi amigo Perico. Pero ni ese día ni nunca, ni a mi padre ni a nadie me atreví a contarle nada de mis amigos los autobuses urbanos.

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