La vieja de los gatos

Anabel era una mujerDSC_2435 sencilla, delgada y tímida. No tuvo suerte en la vida. Era maestra, como su marido. Pero antes de cumplir los cuarenta ya se había quedado viuda. La noche que murió su marido, en el barrio se oyó un grito desgarrador, terrorífico.
A partir de aquel momento Anabel sólo vistió de negro. Algunos decían que el negro le sentaba bien, que le hacía más atractiva. Las blusas blancas con falda y chaqueta negra fueron su uniforme. A juego con su pelo y ojos claros y esa piel blanca, casi transparente. Todo ello le daba una atmósfera misteriosa y melancólica.
Durante tres décadas dio clase a los niños del vecindario, con cariño y seriedad. Su única compañía un par de gatos que había rescatado del frío de la calle. Algunos decían que había tenido uno o dos pretendientes, pero nada de eso cuajó.
Tras treinta años de ejercer de maestra viuda, Anabel se jubiló. Aquella noche dicen que se oyó un grito desgarrador, terrorífico.

Con la jubilación su vida cambió, un poco. Se hizo más sociable y solía salir a merendar y cenar con sus amigas. Un grupito formado por madres y padres de sus alumnos. Alumnos que habían crecido y, muchos de ellos, emigrado a otras tierras.
Anabel charlaba animada mientras tomaba un vinito con sus amigas. Mientras cenaba alegre con matrimonios de su edad. Su círculo de amistades estaba formado por viudas, viudos y matrimonios mayores.
El día de su cumpleaños, Anabel se atrevió a invitar a cenar en su casa a los más allegados. Entre ellos se encontraba Edgard, un caballero elegante y melancólico que había enviudado hacía pocos años.
La cena fue frugal y sencilla, la comversación animada y la música alegre. Anabel había encerrado a los gatos en el baño pequeño, para que no molestasen a sus invitados.
Bebieron y bailaron, y a medida que avanzaba la noche las parejas y los viudos fueron abandonando ordenadamente la casa. Hasta que sólo quedaron Anabel y Edgard. Siguieron hablando y riendo, mirándose a los ojos. Habían bebido mucho, bailaron juntos y se besaron. Era una noche de invierno, fuera empezó a nevar.
Tambaleándose llegaron abrazados al dormitorio de Anabel. Una habitación con una decoración recargada, pero limpia y ordenada, como la de una mujer que vive sola.
Ella le dijo que le esperara un momento dejándole a él solo en la habitación. Edgard se quitó los zapatos y se tumbó boca arriba en la cama, sonriendo y respirando pesadamente. Imaginando lo que ocurriría a continuación.
Pasó un minuto antes de que notara un leve movimiento a los pies de la cama. Unos ojos verdes de gato le miraban fijamente. ¡Qué animal más simpático! Se acercó para que le acariciara y enseguida pudo ver otro gato por la izquierda ¿Cuántos gatos tenía Anabel? Tres o cuatro. Edgard había bebido mucho y la habitación parecia moverse. Más gatos aparecieron por todas partes. Estaba rodeado. Lo último que vió fueron cientos de ojos de gato a su alrededor. Se oyó un grito desgarrador, terrorífico. O tal vez fuera un maullido gigantesco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s