Ángeles

ÁngelesDSC_1994
Nos conocimos en la calle. Alguien nos presentó, o tal vez no nos presentó nadie. Yo buscaba tabaco y ella buscaba alcohol. Me pidió dinero y yo le di un beso. Ella no apartó la cara. Le gustó mi tatuaje y a mí sus rastas, sus ojos claros y su sonrisa desdentada. Me dio un cigarro arrugado y me acompañó al sitio donde estaban mis colegas. Le ofrecí vino de mi cartón. No le hizo ascos, aunque ella prefería la cerveza. Yo le dije que hubiera preferido un peta y ella se rió a carcajadas.

Me gustó que Rino le lamiera las manos mientras ella le acariciaba. Rino sabe distinguir, es el único que distingue el bien del mal. Mis colegas están demasiado colgados. Y no me fío de ellos, a algunos apenas les conozco desde hace unas semanas. Algunos son violentos. Algunos casi nunca están conscientes, y cuando lo están se pasan el tiempo gritando y montando bronca. Pero es mi familia, o lo más parecido a una familia de lo que puedo disponer. Mi familia real se quedó por el camino.

Ella, en cambio, es dulce. Huele a sudor y a tabaco, y eso me excita. Fuimos a lavarnos los pies al estanque del jardín. A ella le gusta la limpieza. Yo estaba fascinado. Ella sabe muchas cosas, tiene la explicación a todas las preguntas. Me dijo que el sistema tiene la culpa de todo. Que la gente son borregos. Que los bancos se aprovechan de la situación. Que la gente libre, como nosotros, son un estorbo. Y por eso están siempre tratando de eliminarnos.

Ella habla y habla y sólo para para darle una calada al pito o un trago al cartón. Y yo la miro con los ojos abiertos, y la boca abierta. Apenas sin entender una palabra, extasiado ante su magnetismo. Y ella me mira, se calla un instante y suelta una carcajada. Su risa ronca acaba con una tos prolongada.

Rino se le acerca y se acurruca a su lado. Me hice cargo de Rino cuando murió el yonqui. El yonqui era el que le daba de comer y le llevaba de aquí para allá. Creo que fue el yonqui el que encontró a Rino, de cachorro, en un contenedor. Yo me hice cargo de Rino porque ninguno de los colegas tiene fuerzas ni ganas. Bastante tienen con mantenerse en pie el trayecto de aquí al árbol donde orinamos. Algunos le daban patadas, porque estaban muy pasados y no sabían ni lo que hacían. Rino está muy enfermo y no puede valerse sólo. Pero es muy inteligente y cariñoso. Y sabe distinguir una persona buena en cuanto la huele.

Ella le acaricia con suavidad mientras me cuenta que el tío con el que estaba antes le dijo que había que destruir el sistema. Que los políticos y los banqueros se lo llevan todo. Que viven encerrados en sus jaulas de oro para defenderse de la pobre gente. Que oprimen a los currantes y a los oficinistas borregos. Y que hace falta gente como nosotros, libres y que no nos dejamos manipular por el sistema.

Nosotros somos la esperanza, los que sobreviviremos cuando se desplome el sistema. Su cuerpo menudo apenas se adivina debajo de sus ropas de colores. Ropas moras que trajo del sur. Me dijo que en el sur dormía en la playa y hacía pulseras de cuero que luego vendía. No sé por qué dejó aquello. Por primera vez en cinco años hablo de mi vida anterior. Mi infancia en una familia acomodada de una población importante. La disciplina de mi padre y de los curas. Mis años de universidad en la capital, que me pasé bebiendo y fumando. El costo y la maría derritieron mi cerebro y acabé viviendo de las limosnas y la caridad. Huyendo de mí mismo de ciudad en ciudad. Hoy estoy aquí, mañana no sé.

Me pidió que la esperara en la hierba y al cabo de un rato volvió con más cigarrillos y unas pastillas. La noche era agradable y nos tumbamos en la hierba, con Rino, mirando la luna casi llena. A lo lejos se oía la música de la verbena. Por un momento fui feliz.

Al día siguiente me desperté junto al río. Con Rino olisqueándome un pie. Me dolía todo el cuerpo como si me hubieran dado una paliza. Tal vez me la hubieran dado. A la sensación habitual de mareo se le sumaba otra de desazón. De pérdida. Ella no estaba y algo me decía que nunca la volvería a ver. Inspiré profundamente, tratando de recordar su olor. Sabía que también olvidaría su cara. Su nombre… ella nunca me dijo su nombre.

(Escrito el 15 de agosto de 2011, pertenece a la recopilación “Triunfos y otros relatos”)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s