Hey bulldog!

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El bulldog es un animal perro, del tipo de los desconcertantes. Al menos para mí. Yo lo imaginaba imponente, animal mandíbula, un tiburón de jardín con collar de pinchos. Es como lo he visto siempre en los dibujos animados de Tom y Jerry. Bull-dog = perro-toro.
Pero la primera vez que vi uno en la realidad me desconcertó. Le dije a Juli: “¡Ostras, Juli!”
Y Juli me explicó que no era un cachorro ni un bulldog “jibarizado”, que eran de ese tamaño. Pequeños. Y además que eran tremendamente cariñosos con los niños. “¡Qué chasco, Juli!”.


Ese primer bulldog que vi en vivo y en directo era la mascota de un famoso ferretero del barrio. Desde entonces, al ferretero le llamamos “el bulldog”.
Juli me contó que “el bulldog” era un ferretero rancio y mal encarado. Que había estudiado en una universidad de prestigio y trabajado en una multinacional tecnológica. Un ejecutivo agresivo. Pero que la vida se le torció cuando heredó la ferretería.
Su padre había sido ferretero toda la vida, pero al “bulldog” no le había interesado el ramo. Es más, su padre ni siquiera le llevaba a la tienda a que jugara, como todo hijo de tendero.
Cuando le cayó la herencia ferretera, “el bulldog” tuvo que dejarlo todo y encargarse del negocio. Afortunadamente, al anciano empleado de su padre le faltaban un par de años para jubilarse. Y así pudo traspasar sus conocimientos al pequeño y enfurruñado “bulldog”.
Este hombre es conocido en el barrio por su mal carácter, sobre todo con los clientes. Despacha las alcayatas y los tornillos de mala gana y con malos modos. Pero la gente sigue entrando en su local porque es como el desván de la abuela: tiene de todo y lo más raro que te imagines.

El bulldog animal es feo de narices, y pequeño. No asustaría a ningún gato y menos sabiendo que es un pedazo de pan con los cachorros humanos. Pero resulta desagradable verle caminar pesadamente y respirar a base de ronquidos, que parece que acaba de subir al Everest de un tirón y sin oxígeno. Parece que se va a ahogar. O que de un momento a otro va a soltar un gargajo como la Cibeles de grande. Y en el fondo resulta que tiene buen corazón.

El bulldog ferretero no se parece al perro. Es más bien delgado y fino, bien vestido y aseado. Muy serio, eso sí. No da lugar a la broma y su mirada despreciativa corta el cuajo a cualquier graciosillo. Y es así dentro y fuera de sus dominios. O sea, que no cambia de careta en la calle, aunque vaya acompañado del perro y se le acerque una joven a acariciarlo. A acariciar al perro, claro. Pero en el fondo guarda un gran secreto.

Me lo dijo Juli, que para periodista no tiene precio. Para periodista del corazón, claro está. En plantilla de la redacción de Radio Macuto. Me lo dijo y no lo creí, hasta que reveló sus fuentes. Generalmente bien informadas.
Al parecer, una tía de Juli es aficionada a la flor y a la planta, como hoby decorativo vegetal. Y una aficionada seria, de esas que se reune en un local municipal, en un club de regantes de tiestos y macetas. “Seguidores de la secta del Padre Mundina”, como dice Juli. Los geranios de la tía de Juli causan furor. Técnica y arte en estado vegetativo.
Pues resulta que uno de los mandamases del club es el mismísimo “bulldog”. Imagínatelo regando los geranios de la tía, le dije a Juli.
Si la tía es una experta, el “bulldog” es un fanático. Dicen que se cambió de casa para poder tener una terraza en condiciones para poner las plantas. Su hogar dulce hogar es un invernadero de tomo y lomo. Se ha gastado una millonada en sistemas de riego automático, tiene la mayor variedad de plantas que se pueden admitir en un apartamento del centro, y las alimenta escrupulosamente con los nitratos más escogidos del gourmet del fertilizante.

¡Quién lo iba a decir! El “bulldog” ferretero, igual que el perro, tiene buen corazón. Cuidando mascotas y plantas. Es un sentimental en el fondo, muy en el fondo.

La tía de Juli dice que el “bulldog” no es un aficionado a la jardinería, que es un coleccionista. Colecciona aperos de jardinero, los más caros del mercado. Y lo justifica diciendo que es lo mínimo que tiene que tener un aficionado decente. El “bulldog” desprecia a los que no se gastan un dineral (aficionadillos, según él), que no se implican, que se lo toman como un juego. El verdadero jardinero se viste de jardinero desde los pies a la cabeza. Me imagino que el “bulldog” tiene botas especiales y un sombrero profesional. Y todo lo de en medio. De marca, por supuesto.
En las reuniones del “club del fertilizante”, el “bulldog” impone sus criterios. Lo sabe todo y no admite réplica. Corrige a los que no pronuncian adecuadamente el nombre científico de la especie y discute vehementemente los periodos de poda a los incultos novatos. Sólo falta que les ladre y les muestre los dientes.

-Lo ves Juli, en el fondo el ferretero es un auténtico bulldog. Como el de Tom y Jerry.

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