I don’t speak english.

I don’t speak english

La única explicación que se me ocurre es la telepatía. Ya sé que es bastante increíble. Sobre todo porque yo no creo en esas paparruchas parasicológicas.
A mí los idiomas siempre se me han dado mal. En el instituto, no recuerdo cómo aprobé el inglés, igual que el resto de asignaturas. Yo era un estudiante del montón, o sea, mediocre. Así que no me explico cómo fui capaz de acabar arquitectura. Eso sí, en la carrera el inglés lo aprobé copiando. No me avergüenzo de ello, era la única forma.
Pero luego me dió por aprender inglés en serio. Parecía que era moderno e imprescindible. Y me apunté a una academia y como no avanzaba nada hice un curso de un mes en Londres.
Bueno, no era en Londres mismo, era en Brighton, en la costa. Se suponía que era un curso con clases y estancia en una familia. Yo, con veintipocos, recién acabada la carrera era de los mayores. Por aquellos años estaba de moda mandar a los hijos adolescentes a Inglaterra a aprender inglés.
“Que es de gran porvenir”, decían.
A mí me tocó una familia compuesta exclusivamente por un matrimonio de mediana edad. Se conoce que se sacaban un dinerillo “alquilando” las habitaciones libres. Puede que los hijos, ya mayores, se hubieran ido de casa, no lo sé porque apenas hablábamos con la familia. Sólo en la cena y para preguntar qué era aquella bazofia que nos ponían.
En la misma casa había tres alemanes jovenzuelos. Si ya me resultaba difícil entender el inglés, imagínate el inglés con acento alemán. Así que también prescindí de la amistad de mis vecinos de piso. Por lo tanto, no me quedó otra que juntarme con dos españoles un poco más mayores y un italiano que, como yo, acababa de terminar una ingeniería.
En ese grupito pasé el resto de mi estancia británica. En clase nos separábamos porque ellos iban a un nivel más alto. Yo, sin embargo, me quedaba con los niñatos de iniciación, haciendo jueguecitos de primaria.
Pero al salir de clase quedábamos los cuatro y nos ibamos de juerga. A las tabernas a beber pintas o a la playa a tomar helados y ver a las bañistas. Fue precisamente en una heladería donde descubrí mi talento.

Estábamos hablando alegremente cuando nos acercamos al mostrador y yo, sin darme cuenta, pedí lo que tomábamos habitualmente.
– Dos de fresa, uno de nata con nueces y uno de pistacho.
El heladero, un chaval joven, se dió la vuelta y regresó con los cucuruchos. Ante la cara atónita de Andrés.
Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana y Andrés me preguntó.
– ¿Cómo lo has hecho? ¿Te das cuenta de que le has pedido los helados en español? Y el tío te ha entendido. Tú ya sabías que hablaba español ¿verdad?
– …mm. No, no tengo ni idea.
– Voy a ir yo a ver si el amigo habla español. Dijo Nacho acercándose al mostrador. Mientras, Marco, el italiano, nos escuchaba muy atento.

Por supuesto, el heladero no hablaba ni papa de español. Ni lo hablaba ni lo entendía. Pero a mí me había entendido perfectamente. Me había oído hablar en inglés. Volví a repetir el truco con otros nativos y funcionó en la mayoría de los casos. Todos me oían hablar en español menos aquella persona a la que me dirigía. Ése parecía oirme en un perfecto inglés.
Funcionaba con hombres y mujeres, con ancianos y con niños. Era extraordinario. Pero por algún motivo no quise hacerme propaganda.
A base de pruebas y fallos aprendí a controlarlo. Más bien aprendí a disimularlo. En un grupo, me dirigía a mi víctima y farfullaba muy deprisa y en voz no muy alta, y me entendía. El resto no se enteraba de nada. O, como mucho me preguntaba “¿Qué le has dicho?” y yo le repetía en perfecto español lo mismo que había dicho al británico.
Pero sólo funciona con el inglés. Y más concretamente con los que tienen el inglés como lengua materna. No funciona con el francés, lo probé con un belga y no dio resultado. Y tampoco funciona con un español que sepa hablar muy bien el inglés, aunque sea bilingüe. Ésos me oyen hablar en español.

Desde entonces no tengo problemas en hacerme entender con los británicos, los norteamericanos e incluso los australianos. Pienso una frase y hago cualquier ruido con la boca. Procuro que el ruido suene a “inglés” por si me oye una tercera persona. Y el receptor recibe el mensaje nítidamente. Incluso si le preguntan dirá que hablo un inglés perfecto, sin acento.
Cuando he acudido a una entrevista de trabajo y me piden idiomas digo que hablo inglés. Es mentira, pero si me hacen una prueba hablada tengo posibilidades de dar el pego. Depende de si mi interlocutor es nativo y estamos solos en la sala.

Por eso llevo este grabador de bolsillo, y por eso lo he puesto a funcionar al principio del interrogatorio. Usted piensa que hemos estado hablando todo el rato en inglés, pero cuando escuche la grabación se dará cuenta de que no he pronunciado ni una sola palabra en su idioma.

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