Funcionarios

FuncionariosDSC_2321
Julián es un funcionario de los de toda la vida. Lleva casi cuarenta años en el ministerio. Julián pasó por las tres fases. Con ventipocos aprobó unas oposiciones y entró a trabajar con su flamante título de licenciado en derecho bajo el brazo. Eran otros tiempos. Julián estaba entusiasmado en sus primeros días de trabajo. Un rancio ministerio con funcionarios típicos y tópicos. Allí conoció al señor Fulgencio y a Perurena dos personajes entrañables. Siempre iban juntos, eran uña y carne. O “el gordo y el flaco”, como les llamaban las malas lenguas.

Fulgencio era un tiarrón de metro ochenta como un armario. Alegre y parlanchín. Perurena, escuálido con un bigotón del que sobresalía su eterno cigarrillo. Fulgencio hablaba sin parar y Perurena asentía con la cabeza.
Cuando Julián entró a trabajar ya no existían las ventanillas, habían sido sustituidas por amplios mostradores. Y Fulgencio se quejaba de que no tenían intimidad. Echaba de menos aquellas ventanillas minúsculas que le defendían de las hordas de contribuyentes, formados en fila de a uno, como en la mili.
Julián tampoco conoció la mili y escuchaba absorto las batallitas de Fulgencio, con el ruido de fondo de los sellos de caucho golpeando contra los impresos.
La violencia de Perurena sellando documentos era proverbial. Se oía en todo el edificio. Pun-pan, pun-pan, pun-pan, “ahí tiene: fechado, sellado y foliado” repetía imperturbable.
Para cuando se jubilaron Fulgencio y Perurena apenas se usaban los sellos, todo iba validado mecánicamente, firmado y archivado digitalmente. Lo cual no impedía a Perurena estampar un par de sellos “por si acaso”.
Pero de aquello hace ya mucho tiempo. A Julián le dio tiempo a pasar la segunda fase: una especie de síndrome de Stendhal, pero al revés. Se preguntaba qué hacia allí, entre aquellas paredes ajadas. Rodeado de funcionarios metódicos y aburridos, nadando entre papeles absurdos e interminables. Sońaba con ganar una “primitiva” y emigrar cual cigüeña a otras latitudes más benévolas. Fue una época mala. Julián estaba pelín amargado, alicaído, cabizbajo. Desanimado.
Como no hay mal que cien años dure, también la segunda fase remitió. Julián se buscó una ocupación que le mantuviera entretenido por las tardes y le proporcionara un sentido a su vida. Después de varios intentos recaló en la pintura. Se compró un maletín de óleos, un caballete y un par de lienzos y empezó copiando algunos clásicos. El olor de los materiales, el azul cobalto y el tierra de Siena le devolvieron el optimismo. La tercera fase: el orgullo y la profesionalidad del funcionario experimentado. Se notaba en la amabilidad con la que trataba a los ciudadanos y el cariño con el que ayudaba a los compañeros. Le hubiera gustado enseñar a los novatos como Perurena le enseñó a él los entresijos de la profesión. Consejos y trucos que pasan de generación en generación, de funcionario a funcionario orgulloso y aguerrido.
Ya no habrá más funcionarios, al menos en el negociado de Julián, y si los hay no serán humanos. Los tiempos ya no son los que eran. Los sellos de caucho no tienen cabida en un mundo de códigos de barras y validaciones mecánicas. Un mundo en el que las pantallas y los chips han sustituído al papel y el bolígrafo. El tren acabó con los caballos y el tractor con los bueyes, y ese mismo final le llega al funcionario.
La próxima semana instalarán un robot junto al puesto de Julián. Ya han debutado con éxito en Japón y Estados Unidos. Recepcionistas, cajeras de supermercado, empleados de banca robotizados acogen a los clientes con intachable profesionalidad. Y en Europa, tenía que ser España el país pionero. Julián trabajará “en paralelo” durante unas semanas. Hasta que el público y la rutina se acostumbren al nuevo “compañero”. ¿Y después? A Julián le han prometido un nuevo destino más acorde con su experiencia y sus cualidades de “homo sapiens”.
– Los trabajos repetitivos y rutinarios ya los hará la máquina. – Le dijo el director de área.
Y Julián se acuerda de Fulgencio, que echaba de menos las pólizas de venticinco, los manguitos y aquellas ventanillas pequeñas, que se cerraban con un pestillo para poder sacar el bocadillo y comentar los partidos del domingo con Perurena.
 
Anuncios

Un comentario en “Funcionarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s