Metales pesados

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No me di cuenta hasta el curso siguiente. Aquel año fue el primero que dimos química. Me encantaba la química. Lantánidos y actínidos eran mis elementos favoritos. Tierras raras, metales pesados, alcalino-térreos… y Adriana. Adriana fue mi otra pasión durante ese curso. Una niña solitaria, más alta que las demás. Creo que había repetido curso. La única de clase que se pintaba los ojos, de negro, y a veces los labios de un color oscuro tenebroso.
Yo era un niño escuálido y apocado, con un círculo reducido de amigos. Aquel año me enamoré del sistema periódico. Sus números, sus pesos atómicos y valencias, y el orden de los elementos era como una religión, como el libro sagrado de la explicación del universo.
Adriana deambulaba por los pasillos del edificio cuando salíamos al recreo. A su bola. A veces llevaba unos cascos negros y escuchaba música sin apenas inmutarse. A mí me atraía sin poder evitarlo. No quería que se me notase que la estaba mirando. Porque no podía dejar de mirarla. Era algo sobrenatural.
Su pelo negro como el betún, sus párpados oscuros, sus uñas pintadas de negro y negra también su ropa. Miraba sin ver y cuando se fijaba en alguien ponía una cara como de asco, como de desprecio. No tenía amigas, sólo oía música en su MP3 y a veces leía algún libro extraño, tenebroso.
Me puse muy nervioso el día que me tocó hacer las prácticas con Adriana. Parece como que el profe me adivinó el pensamiento. Nadie se sentaba con Adriana, nadie hablaba con Adriana. Y, aunque ella no parecía darle importancia, a mí me daba pena. Me imaginaba a su familia trabajando en el sector funerario con padre enterrador y madre embalsamadora. Como una película de terror. Pero su cara era tan bonita y sus ojos negros tan brillantes que el resto me daba igual.
Yo hice todos los ejercicios y se los pasé a limpio, con mis bolis de colores, para que los presentase y le pusieran buena nota. Pero parece que el tema de los colores no le hizo gracia.
– Esos colorines son cosas de niños pequeños. A mí no me interesan los pequeños, a mí sólo me interesan los mayores. – Me dijo y me dejó aplanado. Creo que hasta me sonrojé.
Después del curso pasé como siempre un verano aburrido en el pueblo, con los abuelos. Estaba deseando que empezara de nuevo el curso, como todos los años. El primer día siempre es emocionante, volver a ver a los compañeros, algunos muy cambiados, otros igual que siempre. Saludé a unos y otros y acabé, como cada año, charlando con Pablo Pérez, mi compañero de pupitre de toda la vida.
– Bueno, aquí estamos los de siempre, un año más. – comenté tratando de romper el silencio.
– Sí. – contestó lacónico Pablo Pérez.
– A la que no he visto es a Adriana. – dejé caer como si tal cosa.
– ¿Adriana? ¿Quién, la “jevi”?
– ¿La qué?
– Sí, la que se pasaba el día escuchando música “heavy metal”
– ¿Heavy metal?… ¡Claro!
Y fue entonces cuando comprendí todo. Heavy metal. Metales pesados, lantánidos y actínidos, mis elementos favoritos. Así supe que realmente estábamos hechos el uno para el otro.

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