Calcetines

Se despertó sollozando, con la desazón de miles de lagartijas en el estómago.

De pequeño era un niño especial. Siempre bien vestido y aseado. No se movía tanto como el resto de compañeros. En el recreo se sentaba en un rincón a leer un cuento o a dibujar. Caminaba despacio, como a cámara lenta. Y eso hizo que suspendiera Educación Física más de una vez. Era un niño elegante. Triste.


Su primer día de trabajo, se viste despacio. Nervioso. Cinturón y zapatos marrones. La camisa de los domingos. Calcetines a juego con los zapatos.
Todos los días son iguales. Zapatos marrones, calcetines a juego con los zapatos.
En la oficina, el número de escalones es impar.

Ese verano, inexplicablemente, conoce a una chica. Se enamoran, se casan, se van a vivir juntos. La vida es hermosa. Cinturón a juego con los zapatos. Pantalones de paño. Calcetines a juego con los pantalones.
Son los días de la abundancia. Pantalones azules, marrones y verdes, calcetines a juego con los pantalones.
Y en casa, el número de los escalones es impar.

Un martes, inesperadamente, la muerte le obliga a enviudar. Afortunadamente los niños ya son mayores. La tristeza ocupa su espacio. Cinturón y zapatos negros. Camisas de rayas, de cuadros. Calcetines a juego con las camisas.
Ahora los días son eternos. Y los peldaños incontables. Y él conjunta los calcetines con las camisas.

Hoy se ha despertado, como ayer, sollozando. Con la agonía de miles de tijeras en el abdomen.
Nada en el mundo importa, salvo los calcetines.

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