Maribel

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Yo tenía diez años y todos los de mi clase odiaban a las niñas. En invierno, cuando nevaba, se organizaban batidas para acribillar a bolazos a las alumnas del colegio de enfrente. Las chicas eran el enemigo. Nunca lo llegué entender.
Por esa época conocí a Maribel. Su padre y el mio eran compañeros de trabajo. Mi madre y la suya intercambiaban recetas y trucos domésticos mientras sus maridos hablaban del trabajo y de fútbol, en las reuniones de los fines de semana. Mientras, los niños jugábamos, y a mí me tocó jugar con Maribel.


Más bien era Maribel la que jugaba conmigo. Me cogía del brazo y me hablaba como si fuéramos un matrimonio: de los niños, de la casa, de los vecinos… A ella le debía parecer divertido. Y yo estaba a punto de comprender los bolazos de nieve de mis colegas.
Fue un año fantástico.
El año siguiente Maribel y su familia se fueron a vivir a Madrid. A su padre le habían ofrecido un puesto en la capital. Años más tarde supe que ese mismo puesto lo había rechazado mi padre, que prefirió la tranquilidad de una capital pequeña a un ascenso en Madrid.

Pasaron los años y el destino quiso que me fuera a estudiar informática a Madrid y que en la facultad coincidiera con Maribel. No había cambiado mucho por fuera: tenía la misma cara de niña y la coleta. Y me temí lo peor después de nuestro efusivo encuentro. Pero por dentro Maribel se había convertido en una mujer responsable y estudiosa. Y tenía un novio formal.
Estudiamos juntos curso a curso, compartimos apuntes y nervios antes de los exámenes y nos licenciamos a su debido tiempo. Buscamos trabajo juntos y nos cogieron en una pequeña empresa a las afueras. Yo compré un coche y pagábamos la gasolina a medias.
Metódica e implacable, Maribel ascendió como la espuma. De programadora a analista. De funcional a jefe de proyectos. Y le ofrecieron un proyecto en Asturias. Lo aceptó y me incluyó a mí en el equipo, no quería afrontarlo sola.

Alquilamos un piso céntrico con dos habitaciones, íbamos al trabajo en mi coche y comíamos cualquier cosa en el bar de la fábrica. Nos hacía gracia que nos tomaran por novios.

El trabajo iba viento en popa. Ganábamos dinero. En cuanto pude, me cambié de departamento, trabajar con Maribel era duro. Y encima tener que verla en casa y en en coche era excesivo.
Curiosamente, el distanciamiento laboral mejoró la relación personal. Dejé de ver a Maribel como la niña repipi de diez años o la jefa repelente, para acceder a la persona. Ahora que nada nos ataba, salvo el alquiler y la gasolina, empezamos a conocernos realmente.

Yo me tragué la crisis con su novio, la muerte de su padre y sus problemas económicos. Y organizar sus viajes con las amigas a Croacia y a Turquía. Así me convertí en “su mejor amiga”.

Los años pasaban y la treintena nos pilló por sorpresa. Ninguno de los dos con pareja estable. Se nos estaba pasando el arroz. Y surgió lo que parecía obvio.

¿Para qué buscar fuera lo que ya teníamos en casa? Además teníamos el rodaje hecho, conocíamos las manías mutuas, los secretos inconfesables, los horarios y los gustos culinarios del otro.
El primero fue niño: Paco, y la segunda Isabel, como su madre.

Con el sueldo de Maribel pagamos la hipoteca y con el mío en monovolumen. Su madre y la mía, encantadas de ser abuelas, pugnaban por quedarse con los críos cada fin de semana. Maribel organizaba los horarios como un sargento chusquero, inflexible.
Fueron unos años fantásticos.

Hasta la cena de navidad. Cuando todavía la empresa invitaba a los empleados por navidad. Maribel se quedó en casa con los niños: estaba cansada. “Vete tú, que te hacen más gracia esas payasadas” tuvo a bien conceder.
Y aquella noche, de copas por el barrio antiguo conocí a Pilar. Mi vida pasó como una película de ocho milímetros por delante de mis ojos. Colores deslavados, rostros desenfocados. Una vida en la que apenas había tomado determinaciones. Obediente, sumiso siguiendo los planes de mi padre y después los de Maribel. El colegio de curas, la universidad, el trabajo rutinario. Como un vagón del expreso Rías Bajas, que sigue su camino metálico inexorable. Y ahora, de repente, conozco a Pilar: una chica guapa, alegre y simpática. Que le gusta la música que no puedo poner en casa porque le molesta a Maribel. Que le gustan las películas que no puedo ver porque le aburren a Maribel. Que lee los libros que le estorban a Maribel en mi mesilla.

Me casé con Maribel y me casé convencido, con los ojos cerrados. Pero ahora, con los ojos abiertos… ¡quiero a Pilar!

Las ciudades pequeñas son muy tranquilas, nunca pasa nada. Todo está a mano, puedes ir andando a todas partes. Eso es calidad de vida y por eso mi padre rechazó un jugoso ascenso para quedarse en la calma de una ciudad pequeña.
Pero en una ciudad pequeña se conoce todo el mundo, nos cruzamos por la calle con la misma gente, día a día.

Pilar y yo nos fuimos a vivir a Madrid. Yo no tuve problema en encontrar trabajo, con mi experiencia. Pilar está buscando, y mientras tanto se va a matricular en filosofía. No me importa. Viviremos sólo con un sueldo, en un piso alquilado, lejos del centro. No importa. A pesar de la contaminación, siento que ahora respiro mucho mejor.

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