Memorias de una esponja

DSC_0072¡Cuántos hombres quisieran estar en mi lugar! Tocar cada día, como yo, la piel de mi dueña. Acariciar su cuello, frotar su cuerpo. Su vientre plano, su busto firme, sus redondas nalgas y sus zonas erógenas.

Esos vecinos que vuelven la cabeza para mirarla de reojo cuando se la cruzan en el rellano. Todos ellos me envidian.

Cada día por la mañana ella me empapa de agua y gel y me pasa por cada centímetro de su anatomía. Diez minutos de relajación y erotismo que finalizan cuando me estruja y suelto mi último chorrito de espuma.

Una vida de placer.

No siempre.

Mi misión es diluir el sudor y la grasa del quehacer diario. Pero también, a veces, la sangre, el barro, el semen y las lágrimas.

Cuántas veces habré visto llorar a mi dueña y restregarme con fuerza y con rabia. Tal vez intentando arrancar de su suave piel aquel aroma odiado. Es entonces cuando me siento inútil y desearía poder borrar con jabón los hematomas, los arañazos, las heridas, los golpes y los desengaños.

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