Las llaves

DSC_5956Era un día de diciembre, de esos en los que todos los restaurantes están llenos de grupos celebrando la cena de navidad. Grupos de empleados, grupos de amigos del colegio, grupos de colegas de profesión. En el restaurante “El Mejillón” debíamos estar 15 o 20 grupos diferentes.

Yo había dejado de ser “pitufo”, que era así como llamaban a los novatos en mi empresa. Era mi segundo año, ya no hacía fotocopias y los nuevos me miraban con admiración.

No recuerdo lo que nos pusieron en la cena, lo único que sé es que bebimos sin parar. Yo hablé por los codos y le eché miraditas a la morenita de pelo corto que se había incorporado el trimestre anterior.

Justo antes de los cafés me dio un apretón y tuve que levantarme para ir a los servicios, demasiado líquido. Atravesé varios salones con mesas de trajeados ejecutivos hablando a voces hasta que encontré la puerta con el muñequito de “caballeros”. Entré y descargué con ansia. Frente al espejo me arreglé el pelo y me acomodé la corbata, me lavé las manos y, cuando iba a secarme descubrí un llavero de BMW en la repisa. Salí con las llaves en la mano pensando a quién se las iba a entregar, cuando me topé con ella, la morenita.

– ¡Hola! ¿Ya te vas? – me espetó risueña.

– Eh… No. ¿Por qué lo dices? – contesté desconcertado.

– Porque llevas las llaves del coche en la mano.

Y sin saber cómo ni porqué, me vi recogiendo los abrigos de los dos y caminando del brazo de ella hacia el aparcamiento. Creo que los dos íbamos un poco achispados por la forma extraña que teníamos de andar. Como no sabía cuál era el coche, apreté el botón del mando hasta que las luces de un vehículo me saludaron. Le abrí la puerta a ella, caballerosamente y nos montamos. Los asientos eran de piel y en el cenicero había un llavero que tenía toda la pinta de ser de una casa. Arranqué el coche y se encendió la pantalla del navegador GPS. Toqué la pantalla y me salió la lista de destinos recientes, entre los que estaba la dirección del restaurante. Y pulsé la línea que ponía “Mi casa”, una voz femenina comenzó a indicarme el camino.

Decidí hacerle caso a la voz del GPS al mismo tiempo que sonreí al ver que la morenita se había quedado dormida en el asiento del copiloto. Se despertó cuando paré el motor, justo después de que la máquina dijera amablemente “Ha llegado a su destino”.

Cogí las llaves del cenicero y abrazados nos dirigimos a la puerta del adosado más cercano. ¡Bingo! la puerta se abrió a la primera, encendí las luces y entre risas y arrumacos logramos subir las escaleras. Tambaleándonos recorrimos el breve pasillo y entramos en una habitación gigante con una cama gigante y nos desplomamos sobre ella. Hicimos el amor una, dos, tres… mil veces y nos quedamos dormidos.

Me desperté con un dolor de cabeza increíble y ganas de ir al baño. Todavía era de noche. Salí al pasillo y empecé a caminar buscando la puerta adecuada. Al otro extremo abrí, encontré un pequeño aseo y me senté en la taza. Todavía no era consciente del lío en el que me había metido.

No había pasado un minuto cuando oí el ruido de la puerta, unos tacones avanzando y subiendo las escaleras. No sabía dónde meterme así que cerré los ojos y procuré hacer el menor ruido posible. Los tacones pasaron de largo y se encaminaron al dormitorio. Oí un grito.

– Pero… ¡Así que tú eres…! ¿Dónde está mi marido? ¿Dónde está ese sinvergüenza? ¡Si ya sabía yo que me la estaba pegando!

– No, señora, se lo prometo yo no sabía nada. – era la voz de la morenita.

– ¡Esto no va a quedar así!

Sonó ruido de forcejeo, más gritos y un disparo. Luego el silencio, creo que fue entonces cuando me desmayé.

Me desperté en el hospital, entre sábanas frías que olían a limpio. Me dolía todo el cuerpo y tenía un gotero enchufado al brazo.

– ¿Qué? ¿Mucha juerga ayer? – era la voz de una enfermera regordeta con guantes de látex que me remetía las sábanas y revisaba la velocidad del suero. – ¡Pues ahora a descansar!

Debí de quedarme dormido otra vez porque lo siguiente que recuerdo es la habitación llena de gente.

– ¡Joé tío! ¡Menudo susto nos has dado! ¿Cómo no nos dijiste que eras alérgico al marisco? ¡Y encima te pusiste morao!

Entró el médico y mandó salir a todos mis compañeros de la oficina. Me explicó que me habían encontrado caído en el suelo del váter de caballeros y que podía contarlo gracias a la chica morena que me había hecho el “boca a boca” y el masaje cardíaco.

– Ha tenido suerte. Este tipo de alergias pueden estar latentes durante años y luego se presentan de repente. Lo lógico es que le hubiera dado una reacción al principio, que hubiera notado algo. No que le diera de golpe y encima cuando estaba solo… Pero ahora descanse, tiene que recuperarse. Ha quedado usted muy débil.

Ya se marchaba por la puerta cuando se volvió hacia mí y mirándome muy fijamente me dijo: “olvídese del marisco durante una buena temporada… y de coger llaves ajenas.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s