El hombre bueno

DSC_9410El hombre bueno

Ya de pequeño mi madre lo decía siempre, “este niño es muy bueno”. Y no digamos mi abuela. Mi abuela me ponía por las nubes, “qué guapo… y qué bueno, sobre todo qué bueno que es mi nieto”. En la escuela me iba regular, aprobaba por los pelos y pasaba los cursos raspando.

  • Este niño no se esfuerza, se quejaba la profesora.
  • Pero es muy bueno, replicaba mi abuela.
  • Ya, pero ser bueno no da de comer…

Cómo iba a estudiar una carrera o un oficio si nada se me daba bien. Sólo sonreír y ser amable. Afortunadamente, con el nuevo gobierno cambiaron las cosas y se dio más importancia a la labor social. En el ministerio sacaron una plaza de Hombre Bueno y me presenté.

Con mi simpatía, mi educación y mis buenas palabras no tuve problema para aprobar la oposición. Y aquí estoy, ejerciendo.

Cierto es que el sueldo no es gran cosa, me da para vivir, lo justo. El trabajo no es agobiante y conoces gente. Lo mejor es el trato de los ciudadanos, siempre tienen algún detalle conmigo. Me invitan a comer los fines de semana. Me pagan el café o la copa cuando me encuentran en un bar: “lo del chico está pagado, que le invito yo”.

Y yo, agradecido les sonrío, les digo algunas palabras amables, algún piropo suave. “Qué guapa está usted, doña Concha. Qué bien le sienta la corbata, don Secundino”. Y ellos me devuelven la sonrisa y una palmadita de cariño.

A veces me dan la ropa que ya no les vale o un aparato de radio que no usan. Y así voy complementando lo que adquiero con mi exiguo salario. Incluso el casero, hay meses que me perdona el alquiler. Yo le digo que no, que no puede ser, pero él insiste. Y yo se lo acepto con una gran sonrisa.

No tengo vicios ni grandes gastos. No fumo, no tengo coche, no tengo hijos. Ni novia.

Conozco muchas, muchísimas chicas. A todas les caigo bien, les encanta charlar conmigo, como soy tan bueno… Pero nada más. Me ven como un ser inocuo, asexuado, higiénico. Tal vez piensen que soy gay. No me importa.

Mi trabajo no es fácil ni difícil. Algunos creen que no vale para nada, que no es necesario. Puede que tengan razón. Me pagan por ser como soy, no tengo que esforzarme. Pero, de alguna manera, hago feliz a la gente. La gente está contenta conmigo al lado. Se tranquilizan, se relajan, olvidan sus penas. La vida es más fácil para ellos. Se sienten arropados. No saben que cuando acaba la jornada yo me retiro a mi casa donde me espera la soledad y la tristeza. Nadie a quien contar mis cuitas, mis éxitos y mis fracasos. Nadie. ¡Y qué largos son los fines de semana!

Pero al fin el lunes vuelve y yo me reincorporo al trabajo. Los contribuyentes amanecen compungidos y aterrizan cariacontecidos en sus oficinas. Pero ahí estoy yo para insuflar energía a la nueva semana. Campos de barbecho para que yo siembre la esperanza.

¡Ah, cómo me gustan los lunes!

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