Fórmula 1

Fórmula 1
La parrilla de salida se monta lentamente en la recta Champs Élysées del circuito urbano de París. En las primeras posiciones Alonso y Hamilton, reeditando los duelos de sus abuelos, de la época en que los monoplazas iban propulsados por gasolina.

Hoy en día los coches de gasolina son una especie de leyenda del pasado, como los carros de caballos. Desde la crisis de la tercera guerra mundial ya casi no se usan derivados del petróleo: todo va con energía eléctrica. Hasta los monoplazas de Fórmula 1.
Este fin de semana nos hemos acercado a París y nos alojamos en el apartamento del primo Guilhem. Aquí todavía viven el esplendor de la vieja Europa. El último reducto de occidente, que sigue celebrando eventos deportivos como si no estuviéramos a las puertas del fin del mundo.
Todavía recuerdo los tiempos gloriosos, cuando el circo de la Fórmula 1 recorría el mundo y nosotros lo veíamos por televisión. Eso fue antes de la guerra Corea-Japón, antes de la cadena de atentados yihadistas en América, antes, en definitiva, de la Guerra Mundial.
A finales del siglo XX nuestros abuelos creyeron que no habría más guerras mundiales, subestimaron la guerra santa y se enzarzaron en absurdas disputas nacionalistas. Los ricos más ricos, los pobres más pobres. Se equivocaron.
Los Estados Unidos de norteamérica se desmoronaron como el imperio Romano, como un castillo de naipes, tras la cadena de atentados yihadistas. Una guerra interna muy bien organizada. Curiosamente coincidiendo en el tiempo con los ataques (supuestamente accidentales) de Corea del norte a Japón. Mientras tanto Europa, mirándose al ombligo, se obcecaba en disputas estériles de unión-desunión, soberanía-nacionalismo, estado de bienestar.
La cultura occidental sólo sobrevive en Europa. Una Europa con fronteras externas ultramilitarizadas a la espera del zarpazo africano y asiático que le dé el golpe de gracia. Mientras tanto, en las ciudades y los pueblos la gente vive como si no pasara nada.
Vamos andando hacia la plaza de los Inválidos donde veremos pasar los coches a toda velocidad. Luna, sentada en mis hombros, me agarra de las orejas gritando de alegría. Son unas vacaciones estupendas, con los primos que hacía tanto que no veíamos. El futuro es incierto. Anoche lo hablábamos, después de acostar a los niños, tomando una copa. No sabemos lo que durará esta calma, aquí. Puede estallar en cualquier momento. Disfrutemos mientras podamos.
Detrás de las vallas se agolpa la gente y todos gritamos y ondeamos los banderines al oír el silbido del motor eléctrico de los bólidos al pasar. Hace sol en París. Somos felices, Alonso va el primero. 

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