El alcohólico puntual


El alcohólico puntual

“Me llamo Eugenio Cuevas y soy alcohólico” repetía en su mente imaginando su presentación en la asociación.  Caminaba despacio, tenía tiempo. Eugenio nunca llegaba tarde, siempre era puntual y esa fue su perdición.

Cada día recorría el camino hasta su trabajo caminando. Llegaba el primero al supermercado en el que trabajaba de reponedor y cajero. Unos minutos más tarde aparecía la encargada con las llaves y entre los dos abrían y encendían las luces. El trayecto desde su casa le llevaba apenas veinte minutos y el los saboreaba uno a uno. Se fijaba en las casas viejas de las callejas de su vieja ciudad. Y, sobre todo, se detenía en los rincones desde los que se podía divisar el campanario de la catedral. Respiraba profundamente como queriendo absorber la energía del aire de la mañana.

Los tenía contados, eran ocho los puntos de su recorrido desde donde se veían las torres del impresionante templo. Casi todos los días los contaba, doblando secuencialmente los dedos de sus manos. Casi todos, porque algunos días se distraía dando vueltas en su cabeza a los problemas que le acuciaban. Esos días, se saltaba ensimismado uno o dos puntos. Se olvidaba de llevar la cuenta y eso le enfadaba. Pero no tenía tiempo de volver atrás a repasarlos, porque llegaría tarde. Eugenio sabía que esos días le iban a salir torcidos. Y así era.

Las señoras, amas de casa, habituales clientes del supermercado le trataban como si fuera un hijo suyo. Le querían mucho y hasta a veces le traían regalos. Caramelos, un taper con gazpacho en verano o una bufanda tejida a mano en invierno. Era muy popular.

Todas le conocían y le saludaban efusivamente por la calle. Pero él las confundía, se le mezclaban los rostros, los nombres, las frases en la cabeza. Los maridos jubilados, las viudas, los estudiantes estacionales, los matrimonios jóvenes. Cuando, los fines de semana, se cruzaba con una cara conocida no sabía determinar si era un antiguo vecino, un profesor de la escuela, un cliente habitual o el familiar de un amigo. Y cada vez iba a peor.

Empezó a beber, como todo el mundo, con los amigos. Salían a pasear, a conversar y a tomar unos vinos. Eran una pandilla de seis o siete, fluctuando. Unos salían y otros entraban, pero casi siempre eran los mismos. Quedaban en un bar y poco a poco iban llegando. Tomaban algo, cambiaban de sito y vuelta a empezar. Como todo el mundo.

El problema de Eugenio fue la educación. La educación y la puntualidad. Sus amigos no eran ninguno puntual. Todos llegaban tarde, unos más y otros menos, pero ninguno a la hora acordada.

Así es como Eugenio empezó a beber solo. Llegaba el primero y se pedía un vino. Y se lo bebía. Y no llegaba nadie, y se pedía otro.

Esa fue su perdición. Los últimos días ya ni siquiera buscaba el campanario de la catedral entre las callejuelas del casco antiguo. No miraba las nubes anaranjadas del amanecer ni respiraba profundamente ese aire recién estrenado. Esa fue su perdición.

Los rostros se le acumulan y le persiguen. ¿No tiene cinco céntimos sueltos? ¿Quiere una bolsa? ¿Tiene tarjeta de cliente? El reloj avanza sin tregua y él no puede llegar tarde.

No puede llegar tarde, o se perdería ese delicioso primer vino.

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