Aqualopter. Capítulo 5: Bautizo espacial

Bautizo espacial

Menos mal que embarqué en ayunas porque si no me hubiera pasado el viaje vomitando. Los vuelos orbitales, que habían empezado siendo carísimos y exclusivos de multimillonarios, se habían vuelto asequibles y puesto de moda, como los cruceros de vacaciones. Viajes de novios, excursiones de estudiantes y jubilados. Cierto era que las nuevas naves podían albergar cerca de cien pasajeros y su mantenimiento era mucho más económico. 

Sentado en mi asiento junto a la ventanilla me acordé de mi padre, mi abuelo y mis tíos. Todos ellos hubieran dado lo que fuera por estar en mi lugar, por salir al espacio. Todos ellos ingenieros implicados de alguna manera en el desarrollo de naves espaciales.

La cabina estaba ocupada sólo en un tercio de su capacidad. Imagino que todos íbamos en viaje de trabajo. No era época de turismo. Aún así nos dieron el típico “tour” con vistas de la Tierra, Alaska, Australia, la vuelta al mundo. Me impresionó la vista de la Antártida, el último reducto de nieve y hielo del planeta, el único sitio donde todavía se pueden practicar deportes de invierno.

Pasamos cerca de la ISS-5 y nos pusieron El Danubio Azul de fondo cuando orbitamos alrededor de Clarke I. La inmensa rueda de cuatro radios parecía una maqueta de las que montaba de pequeño en mi casa, con todo lujo de detalles. Una vista única, con la Tierra, azul, al fondo.

La nave giró suavemente y fuimos cayendo hacia nuestro destino: Clarke II… o la “Rueda Yamaha-Toyota” como era conocida vulgarmente. Más que una rueda, Clarke II era como un disco. Por una cara tenía el distintivo de los tres diapasones de Yamaha y por el otro la publicidad de Toyota, los patrocinadores.

De lejos no impresionaba tanto, pero a medida que nos acercábamos iba tomando conciencia del gigantesco tamaño.¿Cuantas personas cabrían allí dentro?

El acoplamiento fue relativamente suave, pero a mí me pareció que duraba una eternidad. Cuando nos detuvimos del todo me dispuse a desabrocharme el cinturón y recoger mis cosas. Mi jefe me detuvo sujetándome por el brazo.

  • Tranquilo, muchacho, esto no es un avión. Aquí estamos a gravedad cero. – me guiñó un ojo sonriendo y señalando con la cabeza a nuestros compañeros del otro lado del pasillo.

Tras desabrocharse el cinturón hicieron el ademán de incorporarse y salieron despedidos, flotando hacia el techo de la cabina. Afortunadamente las paredes y el techo estaban acolchadas. Se oyó algún grito y varias colisiones craneo-techo, los más veteranos rompieron a reír sonoramente y ayudaron a los novatos a regresar a sus asientos. Al parecer esa era la novatada oficial del bautizo estelar.

Mis compañeros y yo seguimos al jefe replicando cuidadosamente cada uno de sus movimientos. De vez en cuando él miraba hacia atrás reprimiendo apenas una carcajada y mis compañeros se rascaban tristemente la cabeza.

Tomamos el ascensor hacia nuestros camarotes, que nos llevó a través de las tres zonas practicables: 0,25G, 0,50G y 0,75G tal como indicaban los luminosos. Como miembros del Consorcio teníamos reservados camarotes VIP en la zona cómoda de 0,75G (o “zona tres cuartos” como la denominaban los iniciados). Tres cuartos de la gravedad terrestre es lo suficientemente fuerte para la comodidad de un terráqueo que sólo va a pasar unos días, y lo suficientemente débil como para estar chocando todo el rato.

Deshice la maleta y me di una ducha seca disfrutando de las vistas: una enorme Luna y a la derecha Orión. Revisé mis apuntes para la reunión me vestí y salí al pasillo tomando dirección al punto de encuentro.

La reunión podía haber tenido lugar por videoconferencia, como otras veces, a pesar del retardo de medio segundo de las comunicaciones rueda-Tierra. Pero el jefe quería que viéramos la estación en vivo y además, era una especie de premio por los objetivos cumplidos.

Cualquiera que nos hubiera visto habría sabido diferenciar claramente los dos bandos. Por un lado los tres treintañeros desarrapados, que éramos los ingenieros, y por el otro los cuatro impecables y fibrosos militares enfundados en sus monos azules. Y nuestro jefe que tenía el aspecto de un cruce entre ambas especies. La sala era justa tirando a pequeña, como los camarotes VIP (me pregunto si el resto de camarotes serían nichos como en los hoteles japoneses), y mi exposición clara y rápida, “son militares…” me había dicho el jefe.

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