Aqualopter. Capítulo 7: Jorge

Jorge

Mi infancia no fue feliz. Mis padres eran los dos ejecutivos y trabajaban hasta tarde, así que apenas les veía. Y yo salí un poco trasto, tal vez por necesidad de llamar la atención o necesidad de cariño. Para compensar su falta de atención hacia mí, mis padres me compraban todo tipo de juguetes y chucherías. Hasta que llegó el momento en que no me hacían ilusión, no me interesaban, para mí no tenían valor.

En vacaciones viajábamos mucho, por todo el mundo. Cuando yo era más pequeño, me dejaban con una niñera que me llevaba a todos los parques de atracciones, circos y teatros disponibles. Y cuando fui algo mayor me daban el dinero para que fuera yo directamente.

Así fue como conocí los bajos fondos de París, Londres, Nueva York o Chicago. Y como aprendí los idiomas y jergas locales que luego me servirían para salir de muchos aprietos.

Mis padres no sabían nada de mis andanzas… ni parecía interesarles. Y cuando volvíamos a casa retomábamos la rutina. Al volver de clase mi casa estaba vacía. Adela me había dejado la cena preparada, sólo a falta de calentar. Mis padres llegaban tarde de trabajar y sin ganas de atenderme. Yo veía la tele a solas y, después de cenar, me encerraba en mi habitación. A veces me quedaba leyendo y a menudo oía a mis padres cenar o tomar copas con amigos hasta tarde.

Llamaron a mi madre del colegio. Le dijeron que mi rendimiento era bajo pero que tenía un cociente intelectual por encima de la media. Le explicaron que yo me aburría en clase porque el nivel de las materias era demasiado simple para mí. Y decidieron adelantarme un par de cursos para que encajara. “Es algo normal, no se preocupe”.

Y así es como me encontré en una clase llena de zopencos gigantes mayores que yo. Y también estaba Jorge.

Jorge tenía mi edad y también le habían “subido” por su cociente intelectual. Éramos los dos “enanos empollones” de la clase y nos hicimos amigos. Tal vez como refugio ante las bestias. Jorge y yo éramos uña y carne, éramos como hermanos; aunque a mí me divertía mucho más escaparme con los mayorzones y tener conversaciones de adultos. Decir tacos, hablar de sexo, beber alcohol y fumar. Los mayores me tenían como “mascota” y me defendían de otras bandas rivales. Era uno de ellos. Y para compensar, yo les pasaba las respuestas en los exámenes, les corregía los deberes y les ayudaba con los problemas. A veces hasta les hacía las “chuletas”, con mi letra limpia y legible.

Con Jorge las cosas eran de otra manera. Era con el único que podía hablar, el único que me entendía porque era igual que yo. Pero Jorge era muy soso, sólo le interesaba estudiar, leer y escuchar música. Ni siquiera le atraían las chicas.

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