Lady Dyc

Lady Dyc

Rigoberto y yo habíamos pillado un apartamentillo en la zona de los pubs. Estaba bastante destartalado y viejo, un tercero sin ascensor. Pero la vieja nos hizo precio y a nosotros nos venía fetén. Bajábamos después de cenar a tomar unas copas y no nos preocupábamos de pillar bus o algo para volver.

La llamábamos Lady Dyc porque era rubia y se sentaba al final de la barra. Era un poco macarra, para mi gusto. Rollo leopardo y medias de rejilla. Pero a Rigoberto le ponía. Por eso bajábamos todos los días a ese antro oscuro, “El Caballo Loco”. Por eso y porque ponían medios cubatas, muy bien de precio.

Rigoberto se pasaba el rato con la boca abierta mirando hacia el final de la barra. No se atrevía a entrarle a la rubia. La última vez que había intentado algo con una choni, le habían partido la cara.

La tía estaba siempre sola, hablando con el camarero y meneando la cabeza cuando ponían algún tema de Deep Purple. Vaciaba de un golpe el vaso de chupito y el camarero se lo rellenaba enseguida.

Nunca subíamos a casa antes de las dos. Yo, como tenía miedo de atufarme, subía un poco antes. Rigoberto se quedaba más, por si le daba el aberrunto y le decía algo a la tipa. Pero veinte minutos más tarde, cuando empezaba a quedarme sobado, se oía el ruido de las llaves en la puerta. Era Rigoberto entrando, solo.

Ni a la mañana siguiente ni nunca hablábamos de lo que hacía él después de que yo subiera. No éramos mucho de hablar. A veces íbamos al cine juntos, a ver una de acción, y volvíamos a casa sin cruzar una sola palabra. Como mucho yo preguntaba “¿Qué te ha parecido?” y él respondía “¡Bah!”. Era nuestro código.

Recuerdo que era un miércoles porque por la tarde había estado viendo en el periódico la cartelera, por si echaban algo decente por el día del espectador. Pero no vi nada. Rigoberto salió de su madriguera despeinado, con cara de loco y con la camiseta de los Ramones medio rota. Como siempre. Eligió una colilla del cenicero, una que no estuviera muy gastada, y la encendió con el mechero que siempre llevaba en el bolsillo. Tosió un par de veces y con voz ronca preguntó “¿Qué hacemos?”.

Me extrañó que Rigoberto no quisiera bajar al “Caballo” y que prefiriese “cambiar de aires”. Pero no indagué, con él no valía la pena. Salimos fuera del barrio, a explorar territorio como cuando estábamos en el “insti”. Y nos pasamos cinco pueblos bebiendo y fumando. Me costó convencerle para que volviéramos a casa, no quería que acabara la noche. Al día siguiente el “Caballo” estaba cerrado, lo estuvo toda la semana. Empecé a sospechar que había pasado algo.

Rigoberto estuvo un par de días catatónico sin salir de casa. Hasta a mí me molestaba el olor que salía de su habitación. Cada vez que me asomaba lo veía tumbado en la cama y con los cascos puestos.

El finde Rigoberto metió un par de cosas en la mochila y me dijo que se iba de excursión con unos colegas. Raro, porque Rigoberto no se relacionaba con nadie, sólo conmigo. Y el “Caballo” seguía sin abrir. ¿Tendría relación lo uno con lo otro? ¿Había pasado algo con Lady Dyc? ¿O eran paranoias mías?

Ya me imaginaba los titulares en la prensa: “Otro caso de violencia”, “Desaparecida joven rubia”, “Sospechoso un friki desgreñado”, “Su compañero de piso debía estar en el ajo”, “La fiscalía pide 30 años de cárcel; la acusación popular, la pena de muerte”. No pude dormir en toda la noche.

Cuando me desperté el domingo ya era casi de noche. Estaba medio mareado y Rigoberto no había vuelto ¿Cuándo dijo que volvería? No lo sé, no dijo nada. Tenía que averiguar algo, así que me metí en la cueva de Rigoberto a ver si encontraba algún indicio. Pero no encontré nada más que mierda. Una pila de cómics viejos con un cenicero lleno de colillas encima, el monte Everest de ropa sucia, preservativos caducados y la colección completa de personajes de la Guerra de las Galaxias. De todo menos un cuchillo ensangrentado.

Lógicamente, mi compañero no habría dejado el arma del crimen a la vista, en casa… ¡Claro! ¡Se lo había llevado al campo! Por eso la excursión, para eliminar pruebas, o para esconder el cadáver. Fui escopetado a la cocina para ver si faltaba algún cuchillo. No eché en falta ninguno, lo que sí que faltaba era un tenedor y una cuchara de postre. ¡Joder, qué listo! había empleado un tenedor y una cucharilla, algo que la policía nunca habría relacionado con el crimen. ¡Un crac, este Rigoberto! Apuré lo poco que quedaba de la botella de ron Negrita y me volví a la cama, más tranquilo. ¡Un puto crac!

A Rigoberto le sentó bien el finde en la montaña, vino mucho más hablador. Por supuesto, no me contó nada de lo que hizo ni con quien estuvo. Era nuestro código. Pero un cierto cambio había tenido efecto en su vida: sonreía constantemente y había ordenado su habitación. Bueno, lo que para Rigoberto significaba “ordenar”.

Ahora no solemos ir tan a menudo al “Caballo”, ya no nos mola tanto. La música es una mierda, siempre los mismos discos de heavy rancio. El camarero se sienta al fondo de la barra, le da un trago al botellín de cerveza y le llena el vaso de chupito a Lady Dyc. Ella, aburrida, menea la cabeza al ritmo de Deep Purple.

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