El peluquero ciego

El peluquero ciego

Los niños de diez años son inocentes. Y Pepito lo era mucho más, sobre todo en aquellos años en los que la humanidad era mucho más inocente que ahora. Pepito era inocente y bueno: responsable, obediente y listo.

A Pepito le gustaba ir a la peluquería de su abuelo. Una de esas peluquerías de caballeros antiguas, con solera. De las que hoy ya no queda ni el recuerdo.

Pepito se sentaba en la sala de espera mientras su abuelo acababa de atender a los clientes. Y se leía los tebeos que había sobre la mesa: de Roberto Alcázar y del Capitán Trueno. Le gustaban más los del Capitán Trueno, y los leía concentrado a pesar de que casi siempre eran los mismos. Se los sabía de memoria, pero los volvía a leer emocionado, como si fuera la primera vez.

Casi todos los meses, su abuelo le arreglaba las patillas y el flequillo. Y decía a los cuatro vientos que su nieto era el mejor cliente que había tenido en toda su carrera de peluquero. Y la verdad es que Pepito se portaba muy bien. Se quedaba muy quieto, casi sin respirar, cuando su abuelo le pasaba la cuchilla por las patillas y por la parte de atrás del cuello.

Pepito estudiaba atentamente todos los movimientos de su abuelo: el cambio de tijeras, la cuchilla, el cepillo, el manejo de la maquinilla, el spray de agua y los diferentes peines. Todo ello lo tenía su abuelo ordenado metódicamente delante del espejo de pared.

Se sentaba emocionado en el enorme sillón y el abuelo lo elevaba con tres golpes de pedal. Le ajustaba el mandil blanco que le tapaba hasta los pies y le tiraba cariñosamente de las orejas. Y entonces empezaba el ritual. Pepito se lo sabía de memoria.

El abuelo ya estaba mayor. Le quedaba escasamente un año para jubilarse y cada vez con más frecuencia tenía que parar el repiqueteo de las tijeras para respirar hondo y limpiarse las gafas con el pañuelo. Estaba perdiendo vista.

Pepito cerró los ojos lentamente. Acompasó su respiración al ritmo de los chasquidos de las tijeras. Y a los susurros de su abuelo: “quieto ahora”, “muy bien”, “no te muevas”, “gira un poquito”, “así”.

Campeonato mundial de peluqueros. Pepito y su abuelo están en la final. Todo el mundo habla del famoso peluquero que, a pesar de haberse quedado ciego, sigue ejerciendo su profesión. Y de su extraordinario nieto que es capaz de ajustar la cabeza al movimiento de tijera de su abuelo. Una coreografía precisa como un reloj. Un equipo infalible. Seguro que van a ganar.

“¡Ya está, señor!”. El último golpe de peine y el abuelo le retira el delantal lleno de pelos y le pasa solícito el cepillo por la nuca y por la pechera. Pepito abre los ojos y se mira en el espejo, repeinado y con cara de niño bueno. Un trabajo excelente. Y es normal, porque Pepito sabe muy bien que su abuelo y él son los campeones del mundo.

 

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