El hombre invisible

El hombre invisible


¡Qué bonita es la adolescencia! Esa época de la vida en la que descubres el mundo y las amistades son para toda la vida. Aunque luego duren sólo unos meses. La mía, como la de casi todos, fue una adolescencia agridulce. Avergonzado por mi baja extracción social, procuraba unirme a grupos de chicos de nivel medio-alto. Económico y/o cultural. Eso me hacía sentir importante. Mis compañeros de pandilla eran unos auténticos intelectuales, voraces devoradores de cine de autor, música culta y literatura hispanoamericana. Y yo sacaba de la biblioteca novelas de Borges y Cortázar.

Debió ser una antología de cuentos de Cortázar o de Borges la que me leí de cabo a rabo. No me sirvió de mucho, puesto que ni siquiera ahora recuerdo cual de los dos era el autor. Pero sí recuerdo vagamente que la mayoría de las historias eran pelín surrealistas. De hombres que desaparecían o se les tragaba la tierra. Ahora me siento como uno de ellos.

A pesar de que no soy muy sociable, cuando monté mi primer negocio me vi en la necesidad de darme a conocer. Para ello tiré de antiguos conocidos, vecinos de la infancia, compañeros del cole, familiares lejanos y todo bicho viviente que se me pusiera al alcance. No perdonaba vinos españoles, presentaciones, inauguraciones, simposios, congresos, cafés, tertulias, fiestas y festejos, cines, teatros, conciertos, bodas y rebodas. Me iba la vida en ello… la vida y el negocio.

Para que tu negocio triunfe tiene que estar en boca de todos, tienes que se famoso, conocido, cordial y ubicuo. Alguien me lo dijo, o tal vez me lo inventé yo mismo.

Saludaba a todos por la calle, en los bares, en misa, con un gesto de la mano, con una sonrisa, con un cálido “¡talueeego!”. Cuidaba mi imagen al milímetro, hasta el mínimo detalle, minuciosamente. El pelo, la ropa, ¡los zapatos!, el afeitado perfecto, el perfume. Todo por estar en la cresta de la ola.

Me hice un nombre, me hice un hueco en el sector, me llamaban para los eventos, mi profesionalidad era indiscutible, me iban a nombrar el hombre del año. Un año de esos. Estaba en todas las quinielas. Era cuestión de tiempo.

Y entonces pasó algo. No sé el qué.

Tal vez no fue un suceso concreto, sino la suma de varios factores. La crisis, la globalización, el cambio de ciclo, la obsolescencia programada, un mal de ojo, una mala racha, el calentamiento global, la caída del imperio americano… ¡yo qué sé!

De la noche a la mañana dejé de ser el hombre alegre y dicharachero, el centro de la reunión. Prefería quedarme en casa viendo al Barça, salir a la calle en chandal y con gafas de sol. Despeinado, sin duchar. Pasar desapercibido, no tener que saludar a nadie, misántropo. Estaba harto de la vida social, de la hipocresía, del peloteo, del postureo, de la superficialidad.

El negocio iba bien a mi pesar, mis empleados lo sabían manejar y yo me limitaba a observar cómo crecía el saldo de mi cuenta. Suficiente para vivir, vivir bastante bien. Suficiente.

Tanto me empeñé en desaparecer que se puede decir que me he vuelto invisible.

Deambulo por las calles como alma en pena. Me cruzo con amigos y conocidos pero nadie me saluda: no me ven. No me distinguen, no me reconocen, no quieren reconocerme tal vez.

Más de una vez me he quedado mirando a la persona con la que me cruzo, descaradamente, esperando que me suelte un triste “adiós”, o que simplemente me levante las cejas o haga un amago. Nada. Como que no estoy.

En los tumultos de los semáforos me choco con ellos, por oír un “perdón” o un “disculpe” cuando intercepto su trayectoria. Nada. En todo caso un ligero gruñido, musitado casi sin querer. Como un carraspeo leve.

Al principio me lo tomaba a pecho. “Menudo estúpido” me decía para mis adentros. Sí, bueno, siempre hay estúpidos que se hacen los despistados, una técnica que a veces yo también he utilizado. Hay alguno, varios, pero no todos. Me preocupé cuando la cosa empezó a generalizarse. Los amigos, aquellos que había frecuentado tanto, me sonreían con cara extraña cuando era yo el que les saludaba en la acera o el paso cebra. Como avergonzados, como azarados, incómodos. Luego decidí no ser yo el que saludara y simplemente quedarme mirando esperando el saludo del contrincante. Nada. Ni uno sólo. Miraban para arriba, al cielo, al suelo, al reloj de pulsera, al escaparate más cercano, al lado contrario o a un punto lejano, al infinito. Todo menos a mí. Como que no estoy.

Salgo a diario a pasear por las calles más céntricas, las más transitadas, abarrotadas en las horas punta. La gente es la misma, la que ha sido la misma durante años. Ahí están: antiguos conocidos, vecinos de la infancia, compañeros del cole, familiares lejanos… colegas, clientes, amigos. Aquellos que me daban palmadas en la espalda, y me trataban de íntimo, que se pegaban por salir conmigo en la foto, me llamaban por el nombre de pila y presumían de conocerme en persona. Esos que ahora están muy ocupados para llamarme, para saludarme o al menos reconocerme. Todos ellos caminan deprisa entre el tráfico y los semáforos, consultando el reloj y hablando por el móvil, mirando si dan lluvia y revisando el whatsapp. Muy liados. Y yo camino entre ellos como Casandra entre los troyanos, desapercibido, ausente, trasparente… invisible. Como el del cuento de Borges… ¿o era de Cortázar?

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