La vieja fotografía

La vieja fotografía

La fotografía en el siglo XX era tanto minoritaria como popular. Por una parte era popular, debido a la proliferación de cámaras y tiendas de revelado. Cualquiera podía hacer fotos: de sus viajes, de su familia, de sus celebraciones. Todo el mundo podía comprarse una cámara sencilla, barata, y un par de carretes. Y revelarlos en la tienda de la esquina.

Pero por otra parte, la fotografía tomada en serio, era una ocupación cara. Una cámara buena era cara, un equipo mínimo tenía su precio, y un cuarto oscuro no estaba al alcance de todos. Además, la curva de aprendizaje era empinada. Costaba tiempo, además del dinero, alcanzar un nivel aceptable, a base de disparar y disparar. Un nivel aceptable por encima de la típica instantánea de recuerdo de vacaciones.

Pero todo eso cambió con la llegada de la fotografía digital. Las cámaras buenas siguen siendo igual o más caras, pero los disparos son prácticamente gratuitos. Los antiguos carretes de 36 fotogramas se quedan en nada comparados con los cientos o miles de fotos que podemos hacer ahora sin gastar un euro.

Hace poco oí que en España había más teléfonos móviles que habitantes. Y teniendo en cuenta que desde hace más de diez años no hay móvil sin cámara, podemos decir que hay más cámaras que habitantes. O sea, muchas más cámaras que fotógrafos. O dicho de otra manera: todo habitante es un fotógrafo, en potencia y en la realidad. Porque hasta a los niños de primaria les dejan el móvil para que enrede y para que haga fotos.

Sí, señores, la fotografía se ha popularizado. Cualquiera puede ser fotógrafo. Y con los tutoriales de youtube más. Y esto puede ser bueno o malo. Bueno, porque saldrán nuevos artistas, muchas más imágenes, nuevos estilos y formas de arte. Malo, porque nos van a inundar con imágenes repetitivas, mediocres, superfluas… de hecho ya nos han inundado.

No sé cuántos millones de fotos se suben diariamente a las redes sociales, pero seguro que son muchos. Selfis, fotos de gatos, de perros, de niños. De la torre Eiffel, de flores, de hamburguesas. Fotos repetidas, sin valor, sin sentido pero, gracias a la tecnología, cada vez más enfocadas, mejor contrastadas y con una saturación de color ideal.

Todo ser humano, por el hecho de serlo, es un fotógrafo. Artículo nosecuantos de la declaración de derechos humanos. O eso nos creemos. Sobre todo si me compré (o me regalaron) una réflex, fui a un cursillo del ayuntamiento y me hice una cuenta de flickr.

En los pocos años que llevo en el mundillo de la fotografía he visto la evolución de los fotógrafos paisajistas. Al menos desde mi punto de vista. Primero quisimos hacer esas fotos espectaculares de cascadas con «sedas» (ese efecto del agua con larga exposición que parecen hilos de seda). Y las hicimos, ya lo creo que las hicimos: en primavera y en otoño, para arriba y para abajo, en los ríos y en el mar, en color y en blanco y negro. Vamos, de todas las formas posibles y una más. Miles, millones de «sedas», todas iguales, todas diferentes.

Cuando se nos acabaron las sedas, pasamos a las setas, o a las mariposas, dependiendo de la estación. A las montañas nevadas con nubes de tormenta. Otros miles de millones. Nuestro pueblo se nos queda pequeño, tenemos que ir a África, a Asia o América. Los viajes a Kenia son baratos, el circuito incluye tienda de campaña cuatro estrellas, en el Serengeti sólo falta que pongan semáforos para que pasen los elefantes y las cebras (y pasos de cebra, ji ji…).

No hay bar ni cafetería que no haya albergado una exposición de fotos del viaje con negritos y jirafas. Más millones.

Ya casi me sé de memoria los recovecos del «Antelope Canyon» de la cantidad de fotos que he visto. Al principio tenía gracia, ahora me aburre. Y las de auroras boreales en Islandia. O la típica niña de Camboya. Ya está todo fotografiado.

Hubo una época que yo, como no me puedo permitir el viaje a Vietnam o a Alaska, me lanzaba a la calle a hacer eso de la fotografía de «street». O sea, callejera. Un recurso asequible: sólo hay que poner la cámara en modo «Blanco y negro». Y me salieron algunas fotos chulas, de gente cruzando por un paso de peatones, sentados en un banco o mirando escaparates. Y luego me fui a casa y busqué a los maestros, los del siglo XX. No hay nada inventado. Los street fotógrafos de hoy hacen lo mismo que los de hace 50 años. O peor.

Ya no quiero hacer circumpolares o vías lácteas. En el último eclipse de luna me fui a la cama con un libro, ni siquiera saqué la cámara. A veces voy por la calle e instintivamente voy tomando nota de encuadres, puntos de vista, luces y colores: «mañana vengo con la cámara y saco la foto»; pero mañana no vengo. Dicen que a veces es bueno salir a la calle sin cámara, y pasear.

Lo peor es que hace años que no tengo instalado el Photoshop, ni pirateado ni nada. Y ahora sin photoshop no vas a ninguna parte. Todos mis amigos fotógrafos lo usan (de una u otra forma) y obtienen unas imágenes espectaculares a las que nunca tendré acceso.

Yo era de la vieja guardia. De los que crecieron con máquinas de carrete, pesadas y con olor a metal y cuero. Con ruedas giratorias y tablas de exposición. Dicen que las nuevas generaciones son «nativos digitales», que no tienen los vicios de la analógica. Y que, por lo tanto, sacan mejor partido de la fotografía digital, del procesado fotográfico, de la fotografía de «Alta Calidad» sin los lastres del carrete. Dicen que no le dan tanta importancia a la cámara e incluso usan la del móvil. Pero lo cierto es que siempre les veo con la «full frame» y los objetivos «pata negra», aunque no tengan ni idea de lo que es la hiperfocal o el sistema de zonas o en qué unidades se mide el número guía. Las nuevas generaciones hacen fotos increíbles y casi sin esfuerzo, fotos que yo no llegaré nunca a hacer. Básicamente porque a mí lo que me gusta es jugar con la cámara y la luz.

Y ahora ¿Qué fotografía vamos a hacer? Aquellos que, como yo, piensan que ya está todo hecho. ¿O soy yo el único que lo piensa? ¿O es que estoy en la crisis del fotógrafo? No es la primera vez, ni la segunda, que a la hora de disparar me digo: «Pero, esta foto, si ya la han hecho. La han hecho millones de veces.» y me desinflo y no la hago y guardo la cámara y me voy a tomar un descafeinado.

¿Ya están hechas todas las fotos? ¿Queda alguna por hacer? ¿Vale la pena seguir haciendo las mismas fotos? ¿Hay algo nuevo bajo el sol? ¿Es el fin de la fotografía?

Mañana mismo me voy a la papelería y me compro un cuaderno de dibujo y un lápiz blando, del dos. Y me dedico a dibujar. No sé qué dibujaré, algo se me ocurrirá. Aunque me parece que en el tema del dibujo hay que echarle horas, practicar mucho, leer, aprender técnica y composición. Se tardan años, y luego, tal vez, resulta que ya está todo inventado, ya está todo dibujado. Nada nuevo bajo el sol.

Mientras tanto, cogeré mi vieja cámara y mi tarjeta SD de un giga y miraré qué puedo ir fotografiando.

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