Fatal coincidencia

La noche se cierne sobre Paris, calles desiertas de un martes o un miércoles. En la penumbra apenas iluminada por la débil luna de agosto una figura avanza dando tumbos. El hombre prefiere golpear regularmente su hombro derecho contra la pared que arriesgarse a caer sobre el barro de la calzada. La estrecha acera de poco más de un metro de ancha permite a los ciudadanos y a las damas de Paris caminar cómodamente por algunas vías principales. Evitando así pisar el barro, los desperdicios y los excrementos que remueven las ruedas de los carruajes al pasar. El hedor asciende denso después de dos días sin llover.  Sigue leyendo