Aqualopter. Capítulo 2: Richi

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(Segunda entrega de “Aqualopter“)

Cuando teníamos trece o catorce años a Richi le gustaba jugar a ser delincuente. Quería que cogiéramos el coche de mi padre y lo estrelláramos contra un muro “sólo para ver cómo saltan los airbag”. O que nos fugáramos de casa, coger dinero a mi padre y tomar un tren a donde nos llevara.

  • Y luego allí ¿de qué vamos a vivir? – preguntaba yo iluso.
  • Yo sacaré algo tocando la flauta a la puerta del metro. ¿Y tú qué sabes hacer, Garbanzo?

Eso era cierto, a Richi lo que mejor se le daba era la música. Daba la tabarra de continuo tocando a la flauta rancias baladas heavy. Sin embargo yo no sabía hacer nada rentable, las ecuaciones matemáticas no nos darían dinero a la puerta del metro.

A Richi le encantaba hablar de las casas de citas como si fuera un cliente asiduo. “La nueva china que han traído está como un tren. Te la recomiendo, para que te desbraves de una vez. Ja, ja, ja.” Lo decía tan serio que a veces me hacía dudar.

También hablaba con soltura del consumo de drogas, de cómo supuestamente fumaba y tomaba pastillas con sus amigos cuatro años mayores que nosotros. Otras veces planeaba atracos a sucursales bancarias en las que yo era la pieza clave. “Tú entras con la escopeta de caza de tu padre mientras yo me quedo fuera vigilando…”. Y yo no podía negarme. Además, si nos pillaban no iríamos a la cárcel ya que éramos menores.

Yo estaba seguro de que Richi acabaría siendo un delincuente profesional: atracos con violencia, narcotraficante, mafioso, tal vez proxeneta. Era su vocación, de lo que siempre hablaba y lo que mejor sabía hacer. Hasta que apareció Marisa.

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